sábado, 30 de mayo de 2020

Dos palabras

Ilustración de Catrin Welz Stein

lunes, 25 de mayo de 2020

Poemas

 No busques más en tu cuaderno de geografía
No busques más en tu cuaderno de geografía
No busques mas tu cuaderno de geografía.
Yo lo saqué de tu morral.
No quisiste ir a matiné conmigo,
el domingo pasado.
Mis amigos me contaron
que estabas en compañía de Bermúdez,
el grandote que practica la lucha libre.
Me contaron que estabas muy linda,
y que te reias a cada rato.
No busques mas tu cuaderno de geografía.
Ahora que está lloviendo,
asómate a la ventana,
y verás pasar ochenta barquitos de papel.
No busques mas tu cuaderno de geografía.
 
USTED Usted
que es una persona adulta
- y por lo tanto-
sensata, madura, razonable,
con una gran experiencia
y que sabe muchas cosas,
¿qué quiere ser cuando sea niño?
 

La Coca


Para ella la limpieza era prioridad.
Coca, así le decíamos desde siempre, medía incluso la calidad de las personas con esa vara: la vara de la higiene, la que se olfatea al entrar a una casa, la que se pispea abajo de los muebles, la que no tolera una conversación cuando hay una mancha de por medio. Una mujer era buena o mala según su afán aséptico.
Sus labores domésticas eran súper profesionales. Nada de que te limpio esto porque está sucio, eso jamás. Se limpia de manera metódica, precisa, redundante, ordenada. Se limpia para que esté más limpio. Una mujer que se precie, se levanta a la misma hora, antes que el resto de la familia y comienza una serie de intensos quehaceres, que van a hacer de ella una mujer válida o no.
Así la criaron, así era su madre, así es la vida.
Disfrutraba esa limpieza, la excitaba, la reconcentraba. Reconocía cada superficie, cada olor, cada rincón de la casa al dedillo. Era su territorio, podía incluso advertir acciones y permanencias del resto de la familia, solo con su agudísimo ojo inspector. Un pelo acá, una media allá...indicios.
Jorgito era ahora el único que había quedado con ella, ya estaba en la tercera edad, y era viuda hacía rato.
La falta de contacto humano afectuoso (por no decir que no garchaba hacía siglos, que queda mal), la había endurecido y su carácter tomó las particularidades del amoníaco: agresivo, intenso, corrosivo y letal.
Mantenía sus rituales de limpieza como cuando eran una familia numerosa, y el pobre Jorgito saltaba de los patines en el piso a no olvidarse de poner la funda de plástico símil puntilla en el bidet. Él ya había aceptado su soltería y la idea de no pagar alquiler y tener quien le cocine, justificaba esos sacrificios a los que, por otro lado, se había acostumbrado.
Coca le comía la cabeza de manera atroz. Toda su vocación de picaseso, que durante años repartió entre todos los miembros de la familia, hoy caían sobre su hijo único. Él se había acostumbrado a no escucharla, y podía comer mirando la tele, asintiendo cada tanto al discurso agotador de su madre, generalmente acerca de alguna vecina y su mugre. Solo la interrumpía para pedirle un poco de ensalada, a pesar de tenerla a centímetros. Luego se estiraba, se sacudía las migas de encima y se levantaba murmurando algo así como "En un rato vuelvo..."
Coca quedaba con la anécdota a la mitad y, también entre dientes, decía "La otra mitad te la cuento mañana..."
Jorgito se iba al privado de La Perla, donde pasaba unas siestongas de lo más placenteras, sobre unas sábanas que de haberlas visto la pobre Coca, se hubiera puesto a llorar. Tanto esfuerzo para criar un hijo, mirá en que termina. Ni hablar de Sheila, la portorriqueña de la que se había Jorgito enamorado, con su pelo lleno de trencitas y sus uñas kilométricas, que vio en él a un buen pibe y la más segura forma de salir del barro.
Años se mantuvo esta rutina, y aunque Coca percibía claramente que su hijo "andaba en algo" (sobre todo al ver como dsminuía el sueldo que él dejaba religiosamente en un cajón), se hacía la que no y aquí no ha pasado nada.
Seguía frotando con los guantes de goma anaranjados, las juntas de los azulejos del baño. Rasqueteando el piso de madera de su pieza. Poniendo bicarbonato en las ollas ni bien se oscurecían.
Sacaba al sol el colchón de dos plazas y lo golpeaba furiosamente con una paleta de madera. Imaginaba pequeños ácaros caer fulminados y disfrutaba de la masacre.
Mirá si Coca hubiera sabido que días después, ese colchón se llenaría de aire caribeño y nunca más iba a ser azotado. Que sus cacerolas se iban a ennegrecer completamente friendo banana. Que la funda de puntillas del bidet iba a volar al más allá para nunca más volver.
Le hubiera dado un infarto de la bronca a la pobre Coca. Otro.

Secretos de belleza


 Estela entró a trabajar en Pozzi a los diecisiete años.
Es cierto que los diecisiete años de antes no son los de ahora. Los jóvenes de esa época se esforzaban por hacerse grandes lo antes posible: los chicos fumaban ni bien juntaban coraje, miraban ansiosos el funcionamiento del coche para manejar apenas se les permitiera (y antes también) y se vestían como tipos; algunos se veían realmente graciosos imitando maneras y peinados de hombres avezados. Las chicas querían parecer señoras y usar medias de nylon lo antes posible, imitando la manera de ser de mujeres adultas y no al revés como ocurre hoy.
Entonces ella a los diecisiete ya se consideraba una tipa hecha y derecha, capaz de pertenecer a la sección Accesorios para el Cabello sin ningún inconveniente.
Que boliche fabuloso era Pozzi en esos años.
El negocio había nacido como una fábrica de pelucas, ya que José Luis Pozzi, un tano de los primeros en hacerse llamar “coiffeur” por estos pagos, era especialista en la creación de melenas ficticias. Conocía el arte como nadie, distinguiendo las hebras sintéticas que mejor simulaban el cabello real, dándoles la orientación justa para que no se notaran las costuras. Las pelucas de pelo corto, medio y largo en las más variadas tonalidades de castaños, rubios y morochos que había en el país llevaban todas la etiqueta de Pozzi.
Salones enteros, poblados de cabezas de telgopor de expresión estilizada, exhibían las más variadas posibilidades de peinado. Luego se sumaron rodetes y chignones, postizos de las más diversas formas y complejidades; algunos llegaron a ser obras arquitectónicas que desafiaban la gravedad y la lógica. Estela tenía especial aprensión por el depósito de pelucas, y salía de él con el corazón en la boca y la respiración agitada, segura de haber visto de soslayo moverse alguna de las cabezas en el fondo.
Tal fue el éxito de las pelucas Pozzi que, a la muerte de José Luis, sus cuatro hijos continuaron con lo que ya era una empresa y ampliaron el rubro, convirtiéndolo en Perfumerías Pozzi.
Así, perfumes franceses, polvos volátiles en deliciosos envases de rebuscado diseño, hebillas y peinetas de carey, pomadas y rociadores con bomba de goma, poblaron las vitrinas inmaculadas de los locales de la firma que se extendieron por todo el país.
Para Estela ser una “Señorita Pozzi”, como se las nombraba por entonces, fue entrar a jugar en primera. La posibilidad de conocer algún señor que la sacara del barrio y la convirtiera en una señora, se hacía más cercana. Parece que eso era un mito nomás.
Se lo tomaba con toda la seriedad del caso, sintiéndose una privilegiada por pertenecer a ese mundo espléndido, en el que mujeres elegantes gastaban en una pasada por el negocio lo que ella ganaba en un mes.
Se levantaba a la seis, y planchaba el trajecito azul cubriéndolo con un papel de seda para no quemarlo ni dejarle marcas. Se maquillaba y retocaba las uñas, con esmalte blanco nacarado y salía por las veredas desiguales del barrio taconeando, mientras las viejas barrían, sintiéndose Gina Lollobrígida. No Sofía Loren, pensaba, que es más ordinaria.
Hablaba de Pozzi usando el “nosotros” y rivalizaba con las que trabajaban en Perfumerías Ivonne, “Por favor, no se puede comparar, vender Siete Brujas y Crema de Pepinos en esos envases berretas, vestidas con esos guardapolvos rosados”, decía frunciendo la boca con asco, “Nosotros vendemos Intimate de Revlon, Chanel número cinco, Dior, Saint Laurent, productos para mujeres finas, para Señoras….”
Las chicas de la cuadra la escuchábamos extasiadas mientras describía su trabajo en la cola de la panadería los domingos a la mañana, cuando íbamos a comprar facturas. Olía riquísimo y llevaba siempre un pañuelito al cuello con mucha elegancia, combinándolo con la ropa. Las demás vecinas, con sus bolsas de red y sus manos de trabajo, la miraban de reojo de arriba a abajo, queriendo encontrar el defecto, la falla, el pecado oculto; con una envidia mal disimulada.
Por supuesto se empezó a desatar la malidicencia, tan común en esas épocas de telenovelas y prejuicios. La de Bendomir la vio llegar una noche en un Taunus manejado por un hombre “muuuucho mayor que ella, ¡casado!”, ya que sus ojos de sesenta años le permitieron ver, de noche y a ochenta metros de distancia, una alianza indiscutible en la mano masculina sobre el volante.
Pochi, la almacenera, aseguró haberla visto en una whiskería del centro, sentada de piernas cruzadas en una de las butacas altas de la barra, en clara actitud de levante, a pesar de las cortinas cómplices y la escasísima luz del boliche de trampas. Por supuesto que la vio de afuera, “yo no te piso esos lugares ni loca”, cuando iba a buscar a su suegra para llevarla al kinesiólogo.
En cambio Rubén, el carnicero, la recibía con especial afecto, dándole siempre las mejores partes y agregándole una yapa o algún hueso para el perro, mientras la Coca, su mujer, lo fulminaba con la mirada desde la caja.
Estela pasaba por alto estas inquinas y seguía yendo y viniendo de Pozzi, siempre impecable y altiva.
Y así nos hicimos grandes, y un día nos dimos cuenta que Estela ya no se cocía en el primer hervor. Que el trajecito estaba un poco deslucido, que el perfume se había pasado de moda y olía pesado y polvoriento y que las Perfumerías Pozzi, otrora planeta del deseo, habían presentado Convocatoria de Acreedores. La llegada de unas pelucas chinas al país, las peleas salvajes entre los hermanos herederos, que los dejaron exhaustos y fundidos, y la posibilidad de viajar a Miami a comprar perfumes franceses al precio de un kilo de limones de acá, firmaron el acta de defunción de la empresa.
Siguió abierta unos años más, dando lástima, solo en el local del centro de la ciudad. Prendían la mitad de las luces para ahorrar y las peinetas con strasses se apagaron en las vitrinas.
Cuando Estela cumplió los cincuenta años de empleada, le dieron una placa redordatoria, cuatro pelucas pasadas de moda peinadas por el mismísimo José Luis Pozzi que olían a naftalina, un aplauso y si te he visto no me acuerdo.
La pobre se enteró al iniciar los trámites, que no habían hecho los aportes patronales, así que no cobró la jubilación nunca y siguió viviendo en el PH de sus viejos, el tercero del pasillo, haciéndole las manos a las mujeres del barrio, a las que recibía como cuando entraba una señora a la perfumería reluciente.
Las viejas de la cuadra bajaron la guardia y la sumaron a las charlas mañaneras, escoba en mano.
Eso sí, todas tienen las uñas de blanco nacarado, limadas y redondeadas a la vieja usanza, como las usaban las señoras en la calle Santa Fe.
La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo, niños y primer plano
* En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora
enriquetabarrio@gmail.com

viernes, 24 de abril de 2020

El eco del primer beso



Cómo te explico que las nubes tropezaban en sus charcos y, cuando el sol no vigilaba, se disolvían como catarata fina entre los pliegues de mi pánico. Que un escuadrón de gotas incisivas quiso sofocar el rubor insolente de mi piel de plastilina, sin resultado, pues cada pálpito era un mar de fuego estremecido y sulfurado.
Cómo olvidar mis manos de gelatina amarrando mi timidez a un confinamiento fugaz, y retorciendo la inexperiencia en una cárcel de fresa que, ebria de frenesí, me espoleaba a ser valiente, a mirar el destino de frente, y llevarme mi trocito de eternidad.
En cada parpadeo temblaba la tierra, se desdibujaba al fondo el paisaje, y mientras el sol dormitaba en el cielo, empeñado en su duelo; la luna, amotinada, sonreía sin recelo envanecida por algún oscuro secreto propio de su linaje. Cantaba la lluvia sobre los cristales un redoble de corazones y es que resulta, por si no lo sabes, que en el reino de las diosas Afrodita escribe este momento en exclusiva para cada uno de sus mortales.
Navegaba, a la deriva, en el vaivén de unos ojos febriles, desafiantes y contenidos, que titubeaban entre la sed de mi boca y la fiesta de mis pupilas dilatándose en sordos aullidos. La lluvia ya ofrecía su aliento cálido, la voz cerrada; el alma expectante; el cuerpo rígido, la vida detenida, a expensas del inminente suspiro.
En esa pausa solemne un murmullo se acercó con sigilo, apenas un aleteo de gorriones silbando en el camino; un rastreador estudiando el atlas de un territorio desconocido.
La ansiedad abrió el apetito, el calor abrasó unos labios ya emancipados, forajidos, que tomaron las riendas y al galope conquistaron túneles subterráneos y océanos prohibidos. El beso se repliega, vuelve a la superficie a tomar aire a la orilla del río, para reiniciar, urgente, una voraz ofensiva por esa patria adictiva de miel y membrillo.
Así hasta que los ojos necesitaron reconocerse de nuevo y el espíritu decidió aflojar el latido, hasta que la quietud se hizo postal y la lluvia grabó en mi piel su sonido, hasta que pude sentir, por primera vez y para siempre, la huella inmortal de aquel extraordinario, dulce, y único beso tibio.



En un beso sabrás todo lo que he callado
Pablo Neruda

Quién maneja tu vida?

¿Quién maneja tu vida?



Está lloviendo copiosamente sobre la Ciudad. Faltan veinte minutos para las once y el tránsito avanza muy lentamente por la avenida. En una esquina, unas personas esperan resignadas la luz del semáforo para cruzar, cubriéndose como pueden. Están inmóviles, tratando de mojarse lo menos posible. Entre ellas hay una anciana apoyada en un bastón amarillo. Solo una persona se mueve nerviosamente de aquí para allá, oteando a cada momento el horizonte citadino. Por momentos se baja a la calle para ver mejor los autos que vienen a la distancia. Tiene el aspecto de un cincuentón bien parecido pero con el rostro desencajado. Lleva un paraguas en la mano, el que no pudo impedir que ya tenga los pies mojados.  Es el profesor Carlos Puentes y está desesperado.

Esta mañana se levantó bien temprano y se puso a repasar su conferencia sabiendo que antes de las once tenía que estar en la Facultad de Ingeniería. Hoy debe rendir una prueba de oposición en un concurso académico para nombrar a un nuevo profesor titular de su materia y la puerta del Aula Magna donde se hacer la prueba se cierra a las 11 horas sin excepción. Hace años que se está preparando para este momento. Hizo toda la carrera docente y hace mucho que es profesor adjunto en la misma cátedra de “Ciencia, Tecnología y Bioética”. Obtener ese cargo de profesor titular sería el gran reconocimiento de toda su carrera y la llave para su futuro. Podría ingresar al grupo de profesores destacados cuyas investigaciones se publican y viajar por el mundo dando conferencias. Además, cuando llegase el momento de la jubilación, podría retirarse debidamente reconocido y con un digno haber mensual.      

Los minutos pasan y el taxi no aparece. Ahora Carlos está enfurecido consigo mismo. Bien pudo salir una hora antes y hacer el trayecto con tiempo. Al fin y al cabo son apenas veinte cuadras de su casa a la Facultad. Pero no. Primero planchó su mejor camisa y corbata y lustró sus zapatos nuevos. Luego preparó el portafolio de cuero negro que un colega le había traído de Harvard. Al final se quedó en su vieja computadora hasta último momento cambiando detalles del texto de su disertación para que fuera magistral. Es que necesita una pieza retórica contundente para vencer a su rival, Ricardo Ortíz de Rosas. Éste profesor, si bien es cinco años menor y tiene menos trayectoria docente, es un hombre de apellido tradicional y heredó una gran fortuna con la que pudo, sin esfuerzo, asistir a conferencias, relacionarse con el mundo académico y financiar la publicación de sus investigaciones. Además, Ricardo Ortíz de Rosas es el preferido de José Espósito, el presidente del Jurado, una persona de origen humilde, muy meritoria en su carrera, pero que se deslumbra ante los que tienen apellido y dinero. Para peor Ortiz de Rosas está en la misma línea de pensamiento que Espósito, contraria a la de Carlos. Para ellos las investigaciones y experimentos científicos deben expandirse sin límites mientras ahorren costos de producción y brinden ganancias a las empresas que las financian. En cambio, para Carlos, los descubrimientos científicos no deben ser continuados si su aplicación es contraria a los valores morales, a los derechos humanos o al cuidado del planeta. Precisamente sobre esto versa la disertación que preparó para concursar.

Una pequeña luz roja y azul aparece en el parabrisas de un auto al final de la calle. El corazón de Carlos se acelera. Se baja a la calle y empieza a hacer señales. El taxi se acerca y enciende las balizas. ¡Lo logré! piensa Carlos. Mientras el auto se va acercando, Carlos se da cuenta de que lo que está ocurriendo no es nuevo en su vida. Cuando era niño un cura le había contado sobre la “Divina Providencia”, ese poder de Dios de ayudar a las personas justo en el momento en que están en peligro mediante la producción de un hecho inesperado. Pero le había advertido que la Providencia solo operaba cuando la gente tenía fe en ella. Si bien cuando fue grande abandonó las prácticas religiosas, mantuvo viva la fe en la Providencia y, hasta ahora, nunca le había fallado. Es más, creía tanto en ella que, muchas veces, se entregaba a lo que el destino le deparara sabiendo que todo iba a ser bueno. Por ejemplo, yendo hacia la Facultad, salía con mucho tiempo y caminaba sin detenerse siguiendo el camino que le marcaba la luz verde de cada semáforo, disfrutando el recorrido aunque tuviera que dar una larga vuelta porque siempre encontraba alguna belleza desconocida en la Ciudad. También cada vez que pasaba frente a una librería, se fijaba en el libro que estuviera colocado en el extremo más lejano del centro de la vidriera y, si no era de ficción, lo compraba y lo leía. Fue así que se fue formando una cultura personal y una visión del mundo. También la Providencia lo había protegido muchas veces. Había tenido dos parejas convivientes con las que había pensado en casarse y tener hijos. Pero cada vez que se había acercado la fecha fijada para la boda algún hecho inesperado y aparentemente casual le evidenció que debía terminar la relación. Así, por una carta caída debajo de la cama y por un frasco en una bolsa de basura que se rompió, pudo comprobar la infidelidad de una y la adicción de otra. También fue la Providencia la que lo hizo encontrar a Ana, una joven profesora con la que hace unos meses está de novio. La conoció tomando un café en el bar de enfrente de la Facultad un día que estaba cerrada por “desinfección” y ellos dos eran los únicos profesores que no habían recibido el aviso. Hoy, es un momento crucial para su carrera y, otra vez, la Providencia lo está ayudando.

Para sorpresa de Carlos, el taxi sobrepasa el lugar donde está parado y se detiene un par de metros más adelante. En seguida, la anciana de bastón amarillo  se acerca al rodado y toma la manija de la puerta para subir. Carlos se desespera, se pone al lado de la puerta y grita “Es mi taxi, es mi taxi”. La anciana lo mira estupefacta y se paraliza. Enseguida interviene el taxista y dice que él vio primero la señal de la anciana, que había levantado el bastón amarillo a espaldas de Carlos. Agrega, ya enojado, que no entiende como un señor de traje y corbata pretende robarle el taxi a una anciana un día de lluvia. Ella sonríe triunfante y sube al auto. Carlos queda abochornado, no puede creer lo que hizo. Por primera vez se encuentra perdido. Fue un grosero y un mal educado. Perdió la línea y, además, está a punto de perder la chance de ascender en su carrera.

Un bocinazo a sus espaldas lo sobresalta. Es de un auto verde conducido por una joven morena. La muchacha le sonríe, gesticula la palabra “Uber” y le hace señas para que se apure a subir. Ahora Carlos ya está sentado junto a la conductora. Mientras su vida va recobrando sentido piensa “La Providencia aprieta pero no ahorca”. Se ríe por dentro. Está feliz. En cinco minutos llegará a destino. Le cuenta brevemente su historia a Sandra, que así se llama la chofer, y le dice que ella forma parte del plan protectorio de la Providencia.
Ella lo escucha atentamente y enseguida se echa a reír.
-Estás totalmente equivocado Carlos. Me entró en el app. de la empresa un mensaje cifrado de la agencia haciéndome saber que aquí estaba un señor de traje esperando un taxi.
Ante la mirada incrédula de Carlos, Sandra le explica que, hoy por hoy, la web conoce y controla todos nuestros movimientos. Gracias a que usamos computadoras conectadas, celulares inteligentes, participamos en redes sociales, usamos tarjetas de crédito y compramos por la web, las empresas que manejan datos no solo poseen nuestra información personal sino que también conocen nuestras preferencias comerciales y políticas para vendernos o hacernos votar a quienes ellas quieren. Lo sabe porque trabajó un tiempo en Google. Pero, además, como hay cámaras de seguridad en las calles algunas llevan el registro de nuestros movimientos en tiempo real. Agrega que, seguramente, consta en el historial web de Carlos dónde vive y dónde trabaja, a qué hora dejó hoy de usar su computadora y a qué hora empieza el concurso en la Facultad. Con esos datos, y usando un algoritmo, una máquina pudo calcular que no tenía tiempo de ir caminando y que iba a necesitar un taxi en un día de lluvia. Es así que seguramente el robot habría disparado el aviso a la central automática de “Uber”, que fue quien le mandó a ella el mensaje cifrado
También le dice que, seguramente, todo lo que le pasó antes en la vida no era obra de providencia alguna sino de meras casualidades.
Carlos está ahora muy confundido. No sabe qué pensar y se mantiene en silencio.
-La “providencia” no existe Carlos. Las cosas pasan por mera casualidad o porque el “Big Data” está operando para venderte algo, concluye Sandra con la autoridad de una maestra que acaba de dar una lección sobre la redondez de la tierra.
Carlos sigue en silencio sin atinar a contestar nada. Siente que su mente entró en un cono de sombra.
Cuando el vehículo llega a la Facultad, paga, saluda y se baja rápido.

En la puerta de la Facultad está Ana esperándolo. Se la ve muy nerviosa.
-Menos mal que llegaste Carlos, apuremos que faltan apenas cinco minutos.
Carlos se alegra mucho de verla, la besa y camina con ella rápidamente hacia el interior del edificio. Todavía se siente un autómata.
-Estaba muy preocupada por vos. Llamé a tu casa y no contestabas, se ve que ya habías salido. Como no tenés celular ni usás internet no tenia forma de comunicarme ni saber qué te pasaba, dice Ana.
-No podés seguir viviendo así totalmente desconectado de la tecnología en plena era digital, con una computadora no conectada a la web y sin tener siquiera una tarjeta de crédito, le reprocha.
-Mañana mismo te regalo un celular y lo vas a tener que usar, concluye Ana.
Mientras van subiendo las escaleras hacia el Aula Magna el cerebro de Carlos repite una y otra vez las palabras de Ana. Si no tiene historial en la web mal podría ella estarlo manipulando.
Cuando llegan arriba su mente ya está clara de nuevo. Siente que recobró el control. Solo la Providencia dirige su vida.
La puerta todavía está abierta y Carlos sonríe.
¡Ahora sí está seguro de que va ganar el concurso!

Tomado de su blog

jueves, 23 de abril de 2020

Epidemia

EPIDEMIA

Se decía en los cafés, en las plazas, en los mercados: 
las palabras están muriendo.
Murió Eucalipto, murió Colectivo, murió Paraguas, tan querida por todos. Murió Curioso y murió Rebelión. Murió Ditirambo, pero a pocos importó, porque pocos la conocían. Agonía tuvo una muerte coherente, larga y dolorosa. Al entierro de Pan acudieron millones en masa.
Caían por docenas, contagiadas.
Alarmadas, las autoridades racionaron las palabras. Cada ciudadano podrá utilizar treinta al mes. Se persiguieron las perífrasis y los circunloquios, se declararon proscritos los rodeos: el lenguaje se volvió exacto, los oradores, cirujanos. Los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales. Incomunicaron a los charlatanes y los mudos se erigieron al fin en modelos sociales, pero lo celebraron en silencio.
Se pusieron de moda las medias palabras. Los enamorados aprendieron a decírselo todo con la mirada, los amantes, con las manos.
Lingüistas, académicos y semiólogos trataron de explicar el origen de la epidemia, pero no encontraron las palabras. Las autoridades pusieron protección a algunas de ellas en virtud de su relevancia: Democracia, Quiniela y Sistema Financiero serían escoltadas en todo momento desde sus domicilios hasta las frases donde a diario se ocupan.
Y el lenguaje se llenó de ausencias. Los diccionarios se convirtieron en cementerios: morgues de papel alfabéticamente de la A a la Z.
En secreto, los enamorados guardaron diez, doce palabras, para decírselas en el momento exacto.
También los poetas hicieron provisión. En un sótano húmedo, sin ventanas, amontonaron trescientas palabras. Se sabe que entre ellas estaba Mañana, estaba Mantel, estaba Esperanza. Y se sabe también que, apostados sobre ellas con sus rifles, se aprestaron a defenderlas con la vida.


La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...