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lunes, 20 de julio de 2015

Narrando en la E.P. Nº 41 de Lomas de Zamora



Gracias a todos los docentes, directivos y alumnos por abrirnos las puertas y escucharnos!

20 de Julio "Día del amigo"

 

Alejandro Dolina: Instrucciones para elegir en un picado


Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo, se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos. 
Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternadamente a cada uno de sus compañeros. 
Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. 
Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida: sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advierten su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada. 
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían… ciertas cualidades. 
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía siempre a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran los más capaces. 
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico: uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. 
Un equipo de hombres (y mujeres) que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

martes, 7 de julio de 2015

Setenta balcones y ninguna flor

SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR
Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color? La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones? ¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín? Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave... ¡Setenta balcones y ninguna flor!

sábado, 4 de julio de 2015

El vicio impúne


El vicio impúne
Graciela Beatriz Cabal

El tema de esta mesa tiene que ver con la lectura, la promoción de la lectura, la relación entre el autor y el lector, etc. y etc. Otro encuentro de gente bienintencionada y amistosa para discurrir acerca de los libros, los niños, las estrategias para lograr que los niños lean...
A riesgo de actuar como aguafiestas, yo me animaría a proponer que reflexionáramos acerca del siguiente tema: ¿Es en verdad imprescindible que los niños lean?
Más aún: ¿Es conveniente, deseable?
Por supuesto, lo que intento cuestionar es el hecho de leer sin medida, en exceso (que todos los excesos son malos, y empezamos con el exceso de lectura y quién sabe dónde vamos a parar...) Quede claro que no me refiero a los libros de lectura, manuales y diccionarios. De lo que hablo es de los libros de ficción, de fantasía o, para decirlo con todas las letras, de pura y simple diversión, esos que no dejan ningún mensaje, ninguna enseñanza (como bien señalaba la Porota, mi maestra de Inferior), y que, según pontifican algunos ahora, ni siquiera deben trabajarse, porque son libros para leer porque sí...
Que los libros de pura diversión se lean en las casas, es responsabilidad de los padres, y de puertas afuera la escuela no tiene por qué hacerse cargo. ¡Pero usar las horas de clase para que los niños se llenen la cabeza de ideas raras –algunas verdaderamente peligrosas- y novelerías, con las dificultades que ya tenemos para dar cumplimiento a los CBC de la EGB de la LFE!
Quienes inician a leer a los niños libros no escolares –“mediadores” les dicen-, y se los procuran, utilizando todo tipo de mañas y artilugios, aducen que “es en la infancia cuando los libros tienen una influencia profunda en nuestras vidas” . Y que un niño lector será un adulto lector. Y que la lectura no sólo es capaz de alargar la vida sino que produce una felicidad sin límites. “La lectura, esa felicidad tan accesible”, dicen que dijo Borges.
Ahora, yo me pregunto: ¿Desde cuándo el objetivo de la escuela es formar personas felices y/o longevas? El objetivo de la escuela es y será formar ciudadanos útiles a la sociedad, usuarios que puedan interesarse en este nuevo orden productivo en el cual se implementa la LFE.
Sin contar con que lo de la larga vida y la felicidad está por verse. Y Borges, si bien alcanzó una edad provecta, tan feliz no parece haber sido. (“He cometido el peor de los pecados: no haber sido feliz”: él mismo lo confesó.)
Reconozcámoslo de una buena vez, sin prejuicios ni temores: La gente que lee mucho no es más útil a la sociedad que la gente que no lee. Por lo general es gente con problemas, inestable emocionalmente, desequilibrada, si vamos a ser francos. Los niños demasiado afectos a la lectura, por ejemplo, suelen tener alteraciones severas en la conducta.
Hijos únicos de padres separados, en su gran mayoría, es común que sufran de disturbios alimentarios, dislexia, petit mal, escoliosis, enuresis nocturna, zurdería (por lo menos de la mano), y hasta frenillo (por lo menos de la lengua). Ahí lo tienen a Julio Cortázar, que nunca consiguió pronunciar bien la R, motivo por el cual decidió mudarse a París, lugar donde nadie puede pronunciar bien la R.
Y hablando de Cortázar, sigamos con los escritores, caso extremo si los hay.
Los escritores han sido, por lo general, niños lectores.
Muy lectores. Yo diría: Adictos a la lectura. Viciosos.
(Ya lo dijo Valery Larbaud: “La literatura, ese vicio impune”).
Y los escritores son gente rara. Gente de cuidado, bombas de tiempo son. Nunca se sabe con ellos. Capaces de dar el toque a una época (“El siglo XIX es creación de Balzac”, decía Oscar Wilde); de armar feroces trifulcas después de muertos (“Esto es obra de Breton”, dijo Pompidou en París, en Mayo del ’68. Y aseguran que lo dijo con inocultable orgullo –parece que también el primer ministro francés fue, de niño, lector desaforado-.).
Son gente rara los escritores. Algunos, desembozadamente locos: Juegan a Guillermo Tell con la propia esposa y no le embocan a la manzana, como Burroughs; se enamoran de nenitas y las retratan desnudas, como Carroll; se obstinan en permanecer todo el tiempo en la cama, fumando, bebiendo, y atendiendo señoras, como Onetti. Viven en torres redondas, en casas que son barcos, en carretas andariegas, en molinos junto al Floss. Para poder escribir exigen tinta verde, rosas amarillas, mascarones de proa, gatos sagrados, muñecas de tamaño natural...
Otros tratan de disimular, con sus caras de pobres anónimos, sus oscuros puestos públicos, sus anteojitos redondos, sus bigotes bien recortados, sus rituales domésticos, sus oficios terrestres. Ja. Esos son los peores: Escriben y todo vuela por el aire.
Qué decir de las escritoras, engañosas a decir basta: Abandonan a sus maridos la mismísima noche de bodas, como Katherine Mansfield; se visten de blanco para siempre y se encierran –dicen- a hacer pan, como Emily Dickinson; declaran que “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, y se los pulverizan nomás, como Alejandra Pizarnik.
Son raros, los escritores. Lunáticos, fóbicos, atrabiliarios, mentirosos, susceptibles, patéticos. Políticamente incorrectos. Viciosos.
Es lógico: Qué se puede esperar de alguien que “compromete su existencia entera por el único interés de poner orden en algunas palabras” .
¿Y todo eso por qué? Por haber leído en exceso a edad temprana.
Y esto no lo afirmo yo: Ellos mismos lo reconocen.
La lectura, madre de todos los vicios.
Ahí lo tienen a nuestro Gustavo Roldán. Cuenta él que su vida hizo un giro de noventa grados cuando el librero Molina llegó a Sáenz Peña, provincia del Chaco. Hasta ese entonces Roldán, al que todos llamaban Negrito porque tenía 6 años y usaba bigote corto, se la pasaba jugando lo más contento con los bichos del monte. Pero llegó Molina y, para felicidad de los bichos del monte, Roldán empezó a jugar con los libros, que es la manera de leer que tienen los chicos. La visita a la librería empezó siendo una costumbre. Y terminó siendo un vicio. Niño vicioso el Negrito Roldán, acurrucado bajo el mostrador, leía “Horas enteras, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara... Sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado”, como el Bastián de la Historia Interminable .
Ahora, yo me digo: ¿No hubiera sido mejor para todos –menos para los bichos, es cierto- que el Negrito Roldán hubiera seguido en el monte? Por lo menos no habría tantos niños malhablados que, cuando la maestra le responde por su inusual vocabulario, se insolentan: “Lo leí en la canción de las pulgas, así que...”
¿Y Laura Devetach? ¿Qué tenía que andar escuchando –una nena en rueda de grandes...- cuentos de aparecidos y lobisones? ¿Y por qué usaba la hora de la siesta para hurgar en El Tesoro de la Juventud? ¿No habrá sido ese –aparte de una cuestión genética- el origen de su ilimitada fantasía (uno de los motivos –recordemos- de la provisión de la Torre de los Cubos )?
Sin embargo hay gente que no escarmienta, y continúa empecinada en que los niños lean y lean, sin medida. ¿No saben que –como dice un conocidísimo libro- “el niño es fabulador” y que es deber de la escuela encauzar su imaginación?
Ni hablar de las niñas: “El vicio infame de la mentira, de que se sirven para ocultar al principio sus defectos, se convierte luego en la perniciosa manía de inventar historietas enteras. Los padres y las preceptoras deben, pues, castigar con tanta severidad a las niñas que forjan cuentos, por inocentes o entretenidos que sean, como a las que dicen mentiras” . Y no es que una sea partidaria de la censura, pero una cosa es libertad y otra libertinaje, y un poco de mano dura no viene nada mal en estos tiempos de descalabro moral y vivan las Pepas (con perdón), y mejor apartar a tiempo la fruta podrida que hay más de cuatro que merecerían la hoguera. (Libros, digo.)
Lástima. Porque algunos de estos fanáticos de la lectura no son malos, no. Pero ya no son confiables. Porque son lectores.
Y los lectores son gente rara. Gente de cuidado. Bombas de tiempo son. Nunca se sabe con ellos.
“Pesimistas de la razón y optimistas de la voluntad” , como gustan definirse. Ilusos embarcados en un camino sin retorno, prefiero llamarlos yo.
Capaces de pasarse las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio, leyendo hasta secarse el cerebro, para después confundir todo: Molinos con gigantes, calabazas con carrozas, ranas con príncipes azules. Son gente rara los lectores: Quieren cambiar el mundo y creen que los libros pueden ayudar al cambio. Porque han quedado atrapados en las marcas contra las que prevenía Víctor Hugo: “Cuidado, esas líneas muerden, aprietan, presionan... Esas líneas subyugan. Y sólo los soltarán después de haber dado forma a vuestros espíritus”.
Qué decir de las lectoras, engañosas a más no poder. Ahí la tienen a Emma (no a la Wolf, la Bovary): De tanto leer Pablo y Virginia y otras obras igualmente perniciosas, se volvió antojadiza y difícil, descuidó el orden doméstico, engañó a su esposo, y terminó, como era de esperar, envenenándose con arsénico.
Son gente rara los lectores: Alucinadores, fabuladores, impredecibles, soberbios, temerarios, fetichistas. Inclinados a los placeres solitarios y a los paraísos artificiales. Perdedores.
Es lógico: Qué se puede esperar de gente que dice haber amanecido insecto en Praga y vomitando conejitos en París; gente que asegura haber escalado la montaña mágica, viajado al fin de la noche, pasado una temporada en el infierno; gente que jura y perjura llevar en su lengua el sabor de la guayaba, en sus narices el olor de las almendras amargas, en sus oídos el canto del obsceno pájaro de la noche, y en sus ojos la visión del espantoso redentor Lázarus Morell, incomparable canalla...
Qué se puede esperar de esa gente, que usa los libros como escape, como refugio, como escudo contra la desesperanza y la muerte.
Personas así ya no son confiables. Están fuera de control. Han perdido el discernimiento y no distinguen la realidad de la fantasía.
Y la fantasía –y los libritos de pura diversión que no dejan ninguna enseñanza- es un lujo inapropiado para los chicos de nuestras escuelas. Estoy hablando de los chicos pobres, claro, que son los más. Chicos pobres, maestros pobres, escuelas pobres. Pero bueno, así son las cosas, y pobres habrá siempre...
“Escribir (y leer, la otra cara de la misma moneda) es una enfermedad que hay que ocultar a los hombres sensatos”, dijo Kafka en un momento de lucidez.
Sensatez. Hombres y mujeres sensatos, eficaces, competitivos, exitosos. Técnicos capaces de implementar proyectos institucionales acordes con los objetivos de la globalización. Gente pragmática experta en transversalidades, módulos y otras cosas igualmente útiles a la sociedad.
Eso –y no cuentitos- es lo que necesitan los niños pobres. Para que no los engañen con los vueltos, para descifrar los mensajes de la patrona, para leer los clasificados del Clarín y conseguir trabajo de ascensorista en los shoppings.

Contando en la Escuela Nº 64