"«Me gustaría saber», se dijo, «qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo... Algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles... y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libró de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo.»"
viernes, 24 de enero de 2020
Usados de Fernando Carpena
Lo entiendo. En
serio, lo entiendo. A mí también me gustan los libros nuevos. Pero con el
tiempo, mi estima por el usado viene en aumento.
Uno no compra
nada más que un libro usado. Uno compra anotaciones al margen de manos
desconocidas, dedos marcados con grasa de churros, el olor parecido a la
vainilla del papel viejo, la herejía imperdonable de la esquina de la hoja
doblada, la mancha de café, la de té, la de mate; esas infusiones maravillosas
que adoran enfriarse al lado de un libro abierto.
Uno no compra
nada más que un libro usado, no señor. Uno compra los señaladores que
sobrevivieron a las requisas: un boleto de colectivo, el ticket del super en el
que vemos con horror que alguna vez la salsa de tomate costó dos pesos, la
promoción del circo mundial veinte artistas en escena y el globo de la muerte;
la servilleta de un bar.
Uno no compra nada
más que un libro usado. Nunca es solamente un libro. Uno compra lo que va a
leer y a los que lo leyeron. Compra una dedicatoria, ese gesto de amor
garabateado, y compra el misterio del que rodea con birome un párrafo y escribe
al costado: “Excelente para Carmen”. Y uno tiene que seguir al hombro de Don
Quijote, de Robinson o de Platero, que por más que sea pequeño, peludo y suave
tan blando por fuera que se diría todo de algodón, no nos va a contar si Carmen
supo alguna vez que había algo excelente para ella.
Compramos un libro
usado y compramos un libro vivo, un libro de repisas ajenas, un libro que viajó
más que nosotros, que durmió en mesas de luz, que se abrió bajo otros cielos,
que fue la parte voladora en una pelea, que sirvió de apoya vasos, de paciencia
en salas de espera, de nivelador de mesas, de escaleras para Playmobil, de
olvido y de descanso.
Es en los puestos
de libros donde ocurre una de las formas más osadas del “estoy mirando”. Uno
pasa y revuelve mientras los libros, los nuevos y los viejos, nos miran con el
corazón en pausa; ansiosos los debutantes y amables los veteranos, los heridos
de mil batallas, los que esperan volver a ser mirados como por primera vez.
Esperan como los viejos, como los sabios, como el tango o el whisky, con la
calma que trae saberse una historia dentro de otra. Esperan por nosotros, por
nuestras propias marcas, por el trozo de jamón que se nos va a caer en la
escena del crimen de Sherlock Holmes. Esperan porque nos ven también ajados,
con páginas sueltas, con arreglos caseros, con palabras resaltadas, remendados,
mirados, usados, dejados, abandonados y dedicados, a alguien o a algo.
Esperan porque los
iguales se atraen y porque todos somos, quien más, quien menos, libros usados
deseosos de que alguien nos lea y nos devuelva a la vida
jueves, 26 de diciembre de 2019
Un café
"Frente a la taza con café se columbra, se reflexiona, se sueña, se imagina, se escribe, se conversa, se enamora,
se seduce, se rompe, se reconcilia, se halaga, se sugiere, se invita…
Y el café, el misterioso café escucha, profetiza, atestigua, aconseja, da fe, observa, asiente, se ruboriza…"
miércoles, 25 de diciembre de 2019
Palabras de Antonio Dal Masetto
“Nuestra tarea es narrar y contar historias y recuperar aquello que llevamos en la sangre, aquella imagen ancestral que recuperamos cada vez que iniciamos una página. El narrador junto al fuego, aquel que ha cruzado las montañas, los mares, y un día vuelve y cuenta las maravillas que vivió. Y la gente alrededor, esperando escuchar este relato maravilloso.”
“¿Quién lee nuestros libros, qué cara tienen los lectores? Uno escribe para llegar a otros. No salgo con frecuencia de mi reducto. La escritura es un oficio solitario y aislado. Un espacio tan privado que uno se vuelve egoísta y muy avaro de su tiempo y de su espacio. Resulta cada vez más difícil salir de ese círculo.”
Publicado en Página 12
“¿Quién lee nuestros libros, qué cara tienen los lectores? Uno escribe para llegar a otros. No salgo con frecuencia de mi reducto. La escritura es un oficio solitario y aislado. Un espacio tan privado que uno se vuelve egoísta y muy avaro de su tiempo y de su espacio. Resulta cada vez más difícil salir de ese círculo.”
Publicado en Página 12
Búsqueda
"Búsqueda" por Vivi García
Una tarde, hace muchísimo tiempo, Dios convocó a una reunión. Estaba invitado un ejemplar de cada especie.
Una vez reunidos, y después de escuchar muchas quejas, Dios soltó una sencilla pregunta: "Entonces, qué les gustaría ser?", a la que cada uno respondió sin tapujos y a corazón abierto.
La jirafa dijo que quería ser un oso panda; el elefante pidió ser mosquito; el águila, serpiente; la liebre quiso ser tortuga; y la tortuga, golondrina; el león rogó ser gato; la nutria, carpincho; el caballo, orquídea; y la ballena pidió permiso para ser zorzal.
Le llegó el turno al hombre. Dudó. Después de meditar unos segundo, y casi con un gesto de súplica, dijo: "Señor, yo quisiera ser... feliz".
Una vez reunidos, y después de escuchar muchas quejas, Dios soltó una sencilla pregunta: "Entonces, qué les gustaría ser?", a la que cada uno respondió sin tapujos y a corazón abierto.
La jirafa dijo que quería ser un oso panda; el elefante pidió ser mosquito; el águila, serpiente; la liebre quiso ser tortuga; y la tortuga, golondrina; el león rogó ser gato; la nutria, carpincho; el caballo, orquídea; y la ballena pidió permiso para ser zorzal.
Le llegó el turno al hombre. Dudó. Después de meditar unos segundo, y casi con un gesto de súplica, dijo: "Señor, yo quisiera ser... feliz".
La noche del elefante
Cuento: LA NOCHE DEL ELEFANTE, de Gustavo Roldán
El circo llegó al pueblo, y con el circo llegó el elefante.
—¡Estoy podrido! —fue lo único que se le oyó decir cuando bajó del tren.
El elefante había viajado con el circo por París, Londres, Moscú, Buenos Aires, siempre por las más grandes ciudades del mundo, y ahora, cruzando el Chaco, había llegado a Saenz Peña, que seguramente también era una de las grandes ciudades del mundo.
Ahí fue donde dijo:
—¡Estoy podrido!
Y no habló más. Los otros animales lo miraron sorprendidos, porque no estaban acostumbrados a que anduviera protestando. Al contrario, tenía fama casi de demasiado manso.
La rutina siguió. Levantaron la carpa, acomodaron las jaulas de las fieras, y prepararon un desfile por las calles para que a todo el pueblo le diera ganas de ir a ver las maravillas del circo más hermoso.
Todo marchaba sobre ruedas. O por lo menos parecía. Nadie se había dado cuenta de que el elefante andaba más trompudo que de costumbre. Nadie sabía que mientras el tren iba recorriendo los caminos del Chaco el elefante se había puesto a oler.
Fue un olor que le llegó de golpe, mientras descansaba tranquilamente en su jaula junto con abundante pasto y agua limpia, y fue como si la tierra se hubiera dado vuelta. Sintió apenas una especie de cosquilla que le hormigueaba desde la trompa hasta la punta de la cola, y de pronto supo de qué se trataba. Era el olor de los árboles, era el olor de un río, era el olor de la selva. Miró por entre los barrotes de su jaula y vio miles de pájaros que volaban y se posaban en los árboles, y miró los árboles.
No eran los mismos que conociera, pero eran árboles. Tampoco los pájaros eran los mismos, pero eran pájaros.
De un lugar así lo habían sacado los cazadores hacía muchos años, tantos, que ya ni sabía que se acordaba. Pero ahora de golpe, se le vino encima toda la memoria.
Y entonces se acordó de los grandes espacios por donde correteaba con la manada, se acordó del calor y de las noches inmensas cuando toda la tierra era de los elefantes. Se acordó de las grandes caminatas para buscar agua y comida y de las peleas con el tigre.
Y se acordó del miedo.
Era un elefante joven, con colmillos que comenzaban a crecer con fuerza, cuando conoció el miedo. Fue cuando llegaron los cazadores. Hasta entonces creía ser un animal más fuerte, un animal que podía matar al león con su trompa poderosa y sus colmillos. Un animal que ya había enfrentado al tigre de suaves manchas y lo había visto huir.
—¡Qué pequeños son! —pensó cuando vio a los cazadores.
Pero no sabía que tenían dardos con venenos para hacer dormir a un elefante, y que tenían jaulas de hierro capaces de aguantar toda la fuerza y el peso de su cuerpo.
Después pasó a otras manos que lo cuidaron mucho mejor. Nunca le faltó agua ni comida, pero siempre con una gruesa cadena atada a la pata. Le enseñaron pruebas y lo premiaron cada vez que aprendía a repetirlas. Y cada vez que aprendía también iba aprendiendo que ahora debía vivir con los hombres.
Entonces lo llevaron al circo con otros animales y con otros elefantes. Durante muchos años siguió aprendiendo y olvidando, hasta que un día casi estuvo convencido de haber nacido en el circo y de que ése era el mundo de los elefantes.
Ya no tenía la gruesa cadena atada a la pata. Pero había otra cadena, invisible, que lo dejaba atado al lado de los hombres. Y tal vez era más difícil de romper que una cadena de hierro.
Recorrió grandes ciudades, y ahora, al sentir el olor de los árboles, del bosque, al ver volar tantos pájaros, fue como un golpe, casi como el pequeño golpe que sintiera cuando un dardo se le clavó una tarde lejana porque no huyó de los cazadores. No estaba dispuesto a escapar de esos seres tan débiles.
Fue así, como un pequeño golpe. Y se le vino encima toda la memoria.
Esa noche, cansados, todos en el circo se durmieron temprano. Pero el elefante no. Despertó a la elefanta y le contó sus planes.
Ella dijo primero que no, que estaba loco, que qué iban a hacer en un mundo desconocido, que aquí nunca les faltaba comida, que todas las noches los aplaudían a rabiar, que quién sabe lo que les esperaba afuera de la carpa...
—Claro que quiero irme. Y ya mismo —dijo finalmente la elefanta.
—¿Qué vamos a hacer? —dudó ahora el elefante.
—No sé. Pero si allá afuera hay árboles y hay un río y hay una selva, ése es nuestro lugar.
—¡Aquí estamos seguros!
—Pero no tenemos aire libre.
—¿Entonces querés irte?
—Elefante, ¿qué estás pensando? Este es el mejor momento para salir de aquí. Después veremos —dijo convencida la elefanta.
Y se fueron...
Caminaron sin hacer ruido, y se alejaron lentamente del circo. Siguieron por las calles dormidas de la ciudad y sin mirar atrás llegaron a los primeros árboles. Arrancaron con la trompa un manojo de hojas frescas y sintieron que eso se parecía a la felicidad.
—Ahora podemos descansar un rato —dijo la elefanta.
—No, todavía no —dijo el elefante—. Mañana van a salir a buscarnos.
—¿Nos encontrarán?
—Si nos alejamos mucho, no. tenemos que meternos en el monte, lejos de los caminos. Nos van a buscar por los caminos.
Y se internaron en el monte, y caminaron sin descansar, abriéndose paso entre la maleza. Días y noches caminaron, encontrando cada vez más árboles y árboles cada vez más grandes.
Y encontraron espacios abiertos para correr y largas noches bajo las estrellas. Descubrieron el canto de los pájaros y el sonido del viento. Vieron volar las bandadas de garzas blancas y se quedaron quietos escuchando el griterío de las cotorras. Probaron distintos pastos y las hojas de distintos árboles, y fueron descubriendo sabores dulces y amargos y fueron eligiendo porque tenían para elegir.
En la laguna vieron rastros de toda clase de animales y jugaron echándose agua con la trompa. Y sintieron el calor del sol y la frescura de la sombra. Caminaron. Y cada noche sentían que estaban un poco más cerca.
Y vino un olor a tierra mojada y los elefantes se quedaron inmóviles, recordando. Sabían que ahora vendría una de las cosas más hermosas. Llegaría la lluvia. Esperaron la lluvia. Esperaron la lluvia con las trompas levantadas, lanzando el enorme grito de los elefantes. El agua comenzó a caer y sentían que los lavaba y refrescaba, que les sacaba el recuerdo de las jaulas y de las cadenas y gritaron de nuevo. Hasta cansarse de gritar. Hasta que se acabó la lluvia. Eran nuevos elefantes.
Cada vez que escuchaban algún ruido se quedaban quietos. Sentían demasiado el olor de los hombres todavía. Tenían que llegar más lejos.
¿Dónde quedaba ese lugar más lejos?
Siguieron caminando.
Nadie sabe si fue el instinto y la inteligencia de los elefantes, o si fue simplemente el azar. Pero lo cierto es que se encaminaron hacia un lugar de monte impenetrable lejos de las ciudades y del hombre.
Y ahí se quedaron, en el monte chaqueño. Nadie volvió a verlos nunca. Nunca intentaron volver.
El señor Modigliani de Sergio Martínez
EL SEÑOR MODIGLIANI es un hombre de mediana edad. Quizás por eso, siempre entendía la mitad de lo que le decían. Entendía solo la mitad de lo que le sugerían o invitaban. Tenia deseos de clase media y alentaba a un equipo de futbol pero solo iba a verlo en el primer semestre del calendario.
Fingía prestar atención, se distraía casi siempre a la mitad de lo que le decían, para después echarles en cara, a los que llegaban a un acuerdo, que él no había entendido bien, que no sabía de que se trataba, se ponía siempre en victima, pues de todo, entendía la mitad. Lo medio que entendía era la que le convenía a él y lo que no entendía era la que le convenía al otro. Esta simple estrategia lo llevó a ser una de las máximas autoridades en el ministerio de planos y planimetrías con el cargo de subsiguiente interino. Entendía la mitad del amanecer los naranjas o los celestes. La mitad de un libro y la otra parte solo la leía. Se perdía de entender un porcentaje de la obra de Van Gogh si es que un artista puede ser medido en porcentajes. Un colibrí era imposible de entender para él, era tanta totalidad el pajarillo, que se le hacía imposible dividirlo. La belleza es poco divisible, debo aclarar para respetar algunas verdades extraídas de la sabiduría que habita la esquina de mi barrio. Un día, hacia la media tarde el señor Modigliani se encontró, con aquella hermosa portadora de la palabra y las intenciones... se llamaba Jazmín... no se podía saber bien que parte de ella era flor, cual mujer . Que era blancura... que era el blanco absoluto de su piel. Hasta donde empezaba la mujer...donde terminaba el poema. Había que entender su absoluto...ella vivía su maravillosa integridad, completa casi siempre. Ella era palabra y entendía los infinitos significados, conocía la importancia de los desiertos y del otoño. El destino de los azules vientos y salvaje verde que esconde la semilla. Cuando conoció al señor Modigliani...la señorita Jazmín, le mostró su versión total del mundo y le ofreció un universo pero él solo entendió la mitad de todo lo que ella le sugería. De la historia entendió la edad media, de la jornada solo el medio día y el almuerzo En lugar del planeta entero solo entendió su propio hemisferio derecho y la mitad de su vida se la paso tratando que esta mitad le sirviera para no necesitar la otra. En cambio ella... le venían bien todos los horizontes, los propios y los ajenos, su viaje iba por el sendero de avanzar, conociendo el ser en el ser, de alma en alma entendiendo amores y odios que son las dos mitades de la pasión.
Los silencios, las palabras que juntos conforman el amor. El equilibrio y descalabro que habitan en casi todos sentimientos. Y las dos proporciones exactas que dan la felicidad, cuando es tiempo y es cariño. El señor Modigliani no sabia que mitad elegir de la señorita Jazmín, su belleza o tal vez la profundidad de su mirada. Eso lo tenía medio confundido
En cambio para ella fue muy fácil darse cuenta que no podría amar a aquel, obtuso plano que era el señor Modigliani, dejarlo seguir solo su seco camino, ya que el no era un misterio, le faltaba lo imperfecto. Si del señor Modigliani,
había que elegir una sola parte, solo lo bueno de el, y la señorita Jazmín, podia observar lo que le faltaba. Prefirió esa muchacha vivir un amor pequeño pero pleno. Tal como comentó alguna vez otro poeta de esquina, el amor es mitad admiración y la joven esa parte no la tenia , aunque la perfección de la estrategia de supervivencia del Señor Modigliani le llamara la atención un poco, comprendía desde el origen del encuentro que no funcionaría. A ella se le sugería la vida completa, en lugar de estar al medio en todo de ese señor y su tan ilustre apellido por parte de padre, o sea la mitad de sus origen ..el señor Modigliani...su vida a la mitad ..Jazmín la indivisible, la diversa mujer y su amor de todos los colores. Otro amor que no pudo ser... entre las cuadras de mi barrio y su infinito tiempo.
Fingía prestar atención, se distraía casi siempre a la mitad de lo que le decían, para después echarles en cara, a los que llegaban a un acuerdo, que él no había entendido bien, que no sabía de que se trataba, se ponía siempre en victima, pues de todo, entendía la mitad. Lo medio que entendía era la que le convenía a él y lo que no entendía era la que le convenía al otro. Esta simple estrategia lo llevó a ser una de las máximas autoridades en el ministerio de planos y planimetrías con el cargo de subsiguiente interino. Entendía la mitad del amanecer los naranjas o los celestes. La mitad de un libro y la otra parte solo la leía. Se perdía de entender un porcentaje de la obra de Van Gogh si es que un artista puede ser medido en porcentajes. Un colibrí era imposible de entender para él, era tanta totalidad el pajarillo, que se le hacía imposible dividirlo. La belleza es poco divisible, debo aclarar para respetar algunas verdades extraídas de la sabiduría que habita la esquina de mi barrio. Un día, hacia la media tarde el señor Modigliani se encontró, con aquella hermosa portadora de la palabra y las intenciones... se llamaba Jazmín... no se podía saber bien que parte de ella era flor, cual mujer . Que era blancura... que era el blanco absoluto de su piel. Hasta donde empezaba la mujer...donde terminaba el poema. Había que entender su absoluto...ella vivía su maravillosa integridad, completa casi siempre. Ella era palabra y entendía los infinitos significados, conocía la importancia de los desiertos y del otoño. El destino de los azules vientos y salvaje verde que esconde la semilla. Cuando conoció al señor Modigliani...la señorita Jazmín, le mostró su versión total del mundo y le ofreció un universo pero él solo entendió la mitad de todo lo que ella le sugería. De la historia entendió la edad media, de la jornada solo el medio día y el almuerzo En lugar del planeta entero solo entendió su propio hemisferio derecho y la mitad de su vida se la paso tratando que esta mitad le sirviera para no necesitar la otra. En cambio ella... le venían bien todos los horizontes, los propios y los ajenos, su viaje iba por el sendero de avanzar, conociendo el ser en el ser, de alma en alma entendiendo amores y odios que son las dos mitades de la pasión.
Los silencios, las palabras que juntos conforman el amor. El equilibrio y descalabro que habitan en casi todos sentimientos. Y las dos proporciones exactas que dan la felicidad, cuando es tiempo y es cariño. El señor Modigliani no sabia que mitad elegir de la señorita Jazmín, su belleza o tal vez la profundidad de su mirada. Eso lo tenía medio confundido
En cambio para ella fue muy fácil darse cuenta que no podría amar a aquel, obtuso plano que era el señor Modigliani, dejarlo seguir solo su seco camino, ya que el no era un misterio, le faltaba lo imperfecto. Si del señor Modigliani,
había que elegir una sola parte, solo lo bueno de el, y la señorita Jazmín, podia observar lo que le faltaba. Prefirió esa muchacha vivir un amor pequeño pero pleno. Tal como comentó alguna vez otro poeta de esquina, el amor es mitad admiración y la joven esa parte no la tenia , aunque la perfección de la estrategia de supervivencia del Señor Modigliani le llamara la atención un poco, comprendía desde el origen del encuentro que no funcionaría. A ella se le sugería la vida completa, en lugar de estar al medio en todo de ese señor y su tan ilustre apellido por parte de padre, o sea la mitad de sus origen ..el señor Modigliani...su vida a la mitad ..Jazmín la indivisible, la diversa mujer y su amor de todos los colores. Otro amor que no pudo ser... entre las cuadras de mi barrio y su infinito tiempo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
La jaula de Javier Villafañe
CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...
-
Las palabras deGianni Rodari Tenemos palabras para vender, Palabras para comprar, Palabras para hacer palabras. Busquemos juntos ...
-
CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...
-
El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro. Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picote...


