domingo, 5 de junio de 2022

Un lugar en el bosque

UN LUGAR EN EL BOSQUE – 535067_374201739293119_1741566284_n Esta historia nos cuenta de un famoso rabino jasídico: Baal Shem Tov. Baal Shem Tov era conocido dentro de su comunidad porque todos decían que él era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba. Se había hecho una tradición en este pueblo: Todos los que tenían un deseo insatisfecho o necesitaba algo que no habían podido conseguir iban a ver al rabino. Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que él elegía. Y los llevaba a todos juntos a un lugar único, que él conocía, en medio del bosque. Y una vez allí, cuenta la leyenda, que Baal Shem Tov armaba con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz muy baja… como si fuera para él mismo. Y dicen… que Dios le gustaban tanto esas palabras que Baal Shem Tov decía, se fascinaba tanto con el fuego armado de esa manera, quería tanto a esa reunión de gente en ese lugar del bosque… que no podía resistir el pedido de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que ahí estaban. Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta de que nadie sabía las palabras que Baal Shem Tov decía cuando iban todos juntos a pedir algo… Pero conocían el lugar en el bosque. Sabían cómo armar el fuego. Una vez al año, siguiendo la tradición de Baal Shem Tov había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en ese mismo lugar en el bosque, prendían el fuego de la manera en que habían aprendido del viejo rabino, y como no conocían las palabras cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o sólo se miraban y hablaban de cualquier cosa en ese mismo lugar alrededor del fuego. Y dicen… que Dios gustaba tanto del fuego encendido, gustaba tanto de ese lugar en el bosque y de esa gente reunida… que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igual concedía los deseos a todos los que ahí estaban. El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo… Y aquí estamos nosotros. Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque. No sabemos cuáles son las palabras. Ni siquiera sabemos cómo encender el fuego a la manera que Baal Shem Tov lo hacía… Sin embargo hay algo que sí sabemos: Sabemos esta historia, Sabemos este cuento… Y dicen… que Dios adora tanto este cuento… que le gusta tanto esta historia… que basta que alguien la cuente… y que alguien la escuche… para que Él, complacido, satisfaga cualquier necesidad y conceda cualquier deseo a todos los que están compartiendo este momento… Amén… (Así sea…)

miércoles, 7 de octubre de 2020

Relato Soy madre

Son las 8.47 de la mañana del 12 de noviembre de 2019 y acabo de parirte hijo. Un mes antes de lo previsto, después de cuatro horas de trabajo de parto siento tu cuerpo caliente sobre el mío. Llorás y parecés untado en manteca. “Mi bebito”, digo y te miro incrédula desde que comenzamos a respirar el mismo aire. Así que esto es parir. Así que vos sos Lorenzo. A las 4 de la mañana me despierta la humedad de la bolsa rota. Dos horas después -mientras nos preparamos para ir al hospital- las contracciones son seguidas y cada vez más intensas. Del consultorio de guardia pasamos a la sala de dilatantes. Las contracciones no cesan. Cierro los ojos, puteo, pierdo la conciencia. Y de repente, ahí estás, te toco la cabeza con mis dedos. Me dicen que falta muy poco, me alientan y, entre pujo y pujo, me invade el miedo: “Y si me doy por vencida y quedás ahí, a milímetros del mundo exterior, atrapado en el paraíso de mi cuerpo”. Sin embargo lo logramos y acá estamos, oliéndonos, tocándonos, mirándonos. Mi bebito, repito mientras contemplo el techo del hospital, acostada en la camilla que empuja un enfermero vestido de celeste. Me llevan a la habitación desde la sala de parto. Atrás venís vos y tu papá. Ya estás vestido y limpio. Ya no llorás; ahora lloro yo. Una semana después salimos a la calle con vos por primera vez: Pero,¿qué pasa? ¿el mundo sigue igual? No se enteraron que nació mi hijo. ¿Cómo se sigue la vida después del impacto de tu llegada? Quiero gritar por la ventana del auto: “Nació Lorenzooooo”. Quiero cambiar el mundo, hacer la revolución y, a la vez, quiero quedarme para siempre encerrada en casa con vos, mirándote dormir. Tanto te busqué, tanto te esperé y acá estás. Ahora entiendo lo de amar a alguien más que a uno mismo; esa incertidumbre de tener tu vida en mis manos. Así que esto es parirte. Así que esto es parirme. Así que así empieza la arrolladora aventura de ser tu madre

sábado, 3 de octubre de 2020

Los reyes no se equivocan de Graciela Beatriz Cabal

Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos. –Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura. Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olor a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros. –Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía. ¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc. Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes. –¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer... A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito. Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida. 30A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro. –¿Viste, nena? –dijo la mamá–. ¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas... ¿Estás contenta? No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado? Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando: –¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!! La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido! Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...

La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...