lunes, 17 de febrero de 2020

Contame un cuento



Contame un cuento de hadas
para soñar esta noche
letras doradas.

Contame un cuento liviano
para que duerma esta noche
bajo mi mano.

Contame un cuento que flote
sobre mi almohada
porque detrás del silencio
no escucho nada.

Contámelo poco a poco
muy despacito
que cuando cierro los ojos
lo necesito.


Silvia Schujer © 1990, Buenos Aires, Editorial

Razones para leer




Biblioteca

Cuento corto de Juan Ramón Santos

BIBLIOTECA

Ordenó la biblioteca por colecciones y vio que no le gustaba. Se le antojaba vulgar. Parecía como si hubiese comprado los libros por el mero afán de adornar las paredes. Por eso decidió cambiar y probó a alinearlos por tamaño. El efecto era interesante. Transmitía el carácter práctico y desenfadado de un lector voraz y algo desastroso, pero no acababa de convencerle. Por eso probó a colocarlos por orden cronológico de escritura, en función de la lengua en que habían sido escritos e incluso en el idioma en que habían sido publicados sin llegar a encontrarse del todo satisfecho. Demasiada pedantería, se dijo, y concluyó que quizá lo mejor era un estricto orden alfabético de autores, el criterio aséptico que empleaban las grandes bibliotecas. «Por algo lo harán», pensó. A continuación se puso manos a la obra y comprobó que aquello comenzaba a gustarle, pero que aún le faltaba un toque, un pequeño detalle, el que había de otorgarle verdadero rigor a su biblioteca, la distribución por materias, y repartió escrupulosamente los libros entre poesía, novela y ensayo. «Mucho mejor», se dijo luego, aunque enseguida se dio cuenta de que la colección había de crecer, de que se incorporarían nuevos géneros, nuevos títulos, nuevos autores, y fue dejando hueco en función de esas futuras adquisiciones. Al terminar tomó aire y un poco de distancia, contempló el trabajo en toda su magnitud y el resultado le pareció casi perfecto, pero solo casi, pues algo no funcionaba del todo. Después de darle muchas vueltas comprendió que el problema era que la biblioteca no podía estar desterrada en la soledad recóndita de un dormitorio, que tenía que encontrarse en el mismo corazón de la casa, que solo así alcanzaría la perfección. Entonces recogió solemne sus tres libros y se los llevó al comedor.


En: PALABRAS MENORES (Cortometrajes) de Juan Ramón Santos. Mérida, De la Luna Libros,

El relato en un diente de ajo

 
¿Por qué relatamos historias? ¿Para pasar el rato? A veces. ¿Para informar? ¿Para decir algo que no ha sido dicho todavía? Sí, a veces, sólo para ganarnos el pan de cada día o para hacer que la gente entienda lo afortunada que es, dado que hoy la mayor parte de los relatos son trágicos. A veces parece que el relato tenga una voluntad propia, la voluntad de ser repetido, de encontrar un oído, un compañero. Como los camellos cruzan el desierto, así los relatos cruzan la soledad de la vida, ofreciendo hospitalidad al oyente, o buscándola. Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación, sino el olvido. Siempre, siempre, desde el principio, la  vida ha jugado con el absurdo. Y dado que el absurdo es el dueño de la baraja y del casino, la vida no puede hacer otra cosa que perder. Y, sin embargo, el hombre lleva a cabo acciones, a menudo valientes. Entre las valientes, y no obstante, eficaces, está el acto de narrar. Estos actos desafían el absurdo y lo absurdo. ¿En qué consiste el acto de narrar? Me parece que es una permanente acción en la retaguardia contra la permanente victoria de la vulgaridad y la estupidez. Los relatos son una declaración permanente de quien vive en un mundo sordo. Y esto no cambia. Siempre ha sido así. Pero hay otra cosa que no cambia, y es el hecho de que, de vez en cuando ocurren milagros. Y nosotros conocemos los milagros gracias a los relatos.
***
De “El relato en un diente de ajo”, contenido en el libro Los cínicos no sirven para este oficio (Anagrama, 2002)

viernes, 7 de febrero de 2020

Ojalá



Que los textos lleguen
Que las palabras sean
Que los buenos sentimientos salgan,
Que giren por el mundo y se vuelvan transformadores,
Que la vida sea bien vivida,
Que la luna brille todopoderosa,
Que el cielo nítido esté siempre allá, divino y supremo
Que las olas nunca se cansen de bailar,
Que la arena sea paz y huellas,
Que las rocas siempre resistan,
Que el viento limpie, sane, pero que ya no golpee y duela,
Que mis ojos siempre puedan ver el más acá, sin olvidar el más allá,
Que los rayos de sol siempre traspasen la tormenta,
Que tu mano y mi mano tejan puentes y abran corazones,
Que nuestras miradas sigan alimentando el alma,
Que nuestros sueños se junten cada tanto y se abracen,
Que tu amor vuelva eternamente, me deje sin aliento, y me salve.

Si Adelita se fuera con otro



Adela trabajó en un afamado circo de México en las épocas revolucionarias. Ella, junto a su novio, eran la mayor atracción de aquel espectáculo. La chica se paraba contra un muro con las extremidades abiertas y su novio, quien era ciego, lanzaba cuchillos a su alrededor, clavándolos cerca de su cuerpo, pero jamás lastimando a la hermosa modelo. Con el tiempo fue tanta la fama que aparecieron los celos.

—A mí deberían pagarme más —dijo el joven lanzador de cuchillos—. Yo soy la principal atracción del circo. Yo tengo cualidades sobrehumanas. También exijo mayores comodidades.
—Comprende que la situación del país no está para pagar más —refutó el dueño del circo—. Estamos en medio de un conflicto.
—Si no concedes lo que te pido, me voy. Un circo chino hace tiempo me echó el ojo.
—Bueno. Pero haremos ajustes. Quizá podríamos reducir el sueldo a tu novia para pagarte más a ti.
—De acuerdo, además ella no hace nada. Simplemente pone su cuerpo y yo hago la magia con mis cuchillos.

Una vez dicho lo anterior, el dueño del circo le comunicó a Adela los nuevos ajustes salariales. Ella no estuvo de acuerdo.

—No puede ser —dijo ella—. Yo arriesgo mi vida por él porque lo amo. Yo necesito el dinero.
—Él estuvo de acuerdo, Adela.
—No puede ser —dijo ella.
—Acepta. Será fácil encontrar a otra muchacha que ponga su linda figura… Creo que hasta por menos dinero.
—No, gracias.

Adela tomó el primer tren y se marchó. A la siguiente semana, encontraron a otra mujer. El joven lanzó la primera daga contra la chica, la cual se incrustó en su corazón. La modelo murió al instante.

—¡Asesino! —gritó el padre de la chica—. Tú dijiste que tenías Poderes especiales y que nada pasaría.

La gente del pueblo linchó al lanzador de cuchillos junto al dueño del circo. Lo que nadie sabía, era que Adela poseía los poderes especiales, con los cuales podía desviar objetos metálicos. Ella era la artífice de la fama de su exnovio. Adela se unió a la revolución mexicana. Ella era la encargada de desviar las balas cuyo objetivo era llegar a un tal Pancho Villa ...


Autor: Servando Clemens

Juego que me regalo un 6 de enero (Silvio Rodríguez)

En palabras del propio Silvio Rodríguez:
"Cuando yo estaba en el tercer grado, mi maestra pensaba que yo era anormal.
Oí como se lo decía a los padres de una niña, fuera del aula, aunque me encontraba esperando a que terminara la clase de catecismo.
A mi no me metían en aquella lección porque mi padre lo había prohibido, con la amenaza de ponerme en otra escuela.
La hija de aquellos padres que me miraban con arrobada piedad, se llamaba Lupe. Era muy buena y aplicada, era la excelencia anual del colegio y aquel año sus padres estaban preocupados porque sus notas habían bajado un poquito.
Ni sus padres ni la maestra podían saber que Lupe, a quien yo amaba como un condenado, nos enredábamos en extensas discusiones espirituales cuyo meollo era la existencia de los tres reyes magos.
Ella afirmaba que no existían, que eran nuestros padres, y yo, que no iba a la clase de religión, lo contrario. Un buen ejemplo de cómo el hábito no hace al monje."


La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...