jueves, 23 de abril de 2020

Epidemia

EPIDEMIA

Se decía en los cafés, en las plazas, en los mercados: 
las palabras están muriendo.
Murió Eucalipto, murió Colectivo, murió Paraguas, tan querida por todos. Murió Curioso y murió Rebelión. Murió Ditirambo, pero a pocos importó, porque pocos la conocían. Agonía tuvo una muerte coherente, larga y dolorosa. Al entierro de Pan acudieron millones en masa.
Caían por docenas, contagiadas.
Alarmadas, las autoridades racionaron las palabras. Cada ciudadano podrá utilizar treinta al mes. Se persiguieron las perífrasis y los circunloquios, se declararon proscritos los rodeos: el lenguaje se volvió exacto, los oradores, cirujanos. Los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales. Incomunicaron a los charlatanes y los mudos se erigieron al fin en modelos sociales, pero lo celebraron en silencio.
Se pusieron de moda las medias palabras. Los enamorados aprendieron a decírselo todo con la mirada, los amantes, con las manos.
Lingüistas, académicos y semiólogos trataron de explicar el origen de la epidemia, pero no encontraron las palabras. Las autoridades pusieron protección a algunas de ellas en virtud de su relevancia: Democracia, Quiniela y Sistema Financiero serían escoltadas en todo momento desde sus domicilios hasta las frases donde a diario se ocupan.
Y el lenguaje se llenó de ausencias. Los diccionarios se convirtieron en cementerios: morgues de papel alfabéticamente de la A a la Z.
En secreto, los enamorados guardaron diez, doce palabras, para decírselas en el momento exacto.
También los poetas hicieron provisión. En un sótano húmedo, sin ventanas, amontonaron trescientas palabras. Se sabe que entre ellas estaba Mañana, estaba Mantel, estaba Esperanza. Y se sabe también que, apostados sobre ellas con sus rifles, se aprestaron a defenderlas con la vida.


Un cuento triste

UN CUENTO TRISTE

   En su camino de regreso a casa, Eusebio recorrió otras muchas ficciones. Novelas respetadas por la crítica, guías de viaje ilustradas y manuales de autoayuda. Transitó por biografias no autorizadas de estrellas del pop, por historias basadas en hechos reales, con su probada capacidad para llegar al corazón de la gente, y hasta por un libro de poemas, donde se le hizo rimar con Armenio. Un lamentable error le llevó a las notas a pie de página de una importante novela contemporánea, de las que le costó mucho tiempo salir.
   Cuando llegó a su cuento, Angela había muerto ya. Desde entonces la visitó cada tarde en el cementerio. Sentado junto a su lápida, Eusebio narraba para ella las extraordinarias aventuras que había vivido: la vez que ayudó a Sandokán a retornar a nado, con el costado herido, a la isla de Mompracem; sus correrías junto a los cosacos de Taras Bulba a orillas del Don, o aquella vez que, escapando de los nazis, cruzó a la carrera el frente en el norte de Italia, en dirección a las tropas aliadas. Prudentemente, evitó mencionar los buenos ratos vividos con Shanon en los capítulos más tórridos de Hotel Lujuria.
   Fue allí también, junto a la tumba de su mujer, donde Eusebio juró quedarse en su cuento y cuidar de su memoria para siempre. Puede que fuera un cuento triste, pero era, a fin de cuentas, el suyo.

FERNANDO LEÓN DE ARANOA, Aquí yacen dragones, Seix Barral,.

martes, 21 de abril de 2020

El oficio de la palabra es un acto de amor

anterior    aleatorio / random   autor / author   inicio / home   siguiente / next


   
Desbautizar el mundo,
sacrificar el nombre de las cosas
para ganar su presencia.

El mundo es un llamado desnudo,
una voz y no un nombre,
una voz con su propio eco a cuestas.

Y la palabra del hombre es una parte de esa voz,
no una señal con el dedo,
ni un rótulo de archivo,
ni un perfil de diccionario,
ni una cédula de identidad sonora,
ni un banderín indicativo
de la topografía del abismo.

El oficio de la palabra,
más allá de la pequeña miseria
y la pequeña ternura de designar esto o aquello,
es un acto de amor: crear presencia.

El oficio de la palabra
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre.

        La palabra: ese cuerpo hacia todo.
        La palabra: esos ojos abiertos.

Amar es combatir


AMAR ES COMBATIR... OCTAVIO PAZ

Amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres.
Margarita Sikorskaia
 

sábado, 18 de abril de 2020

Microcuentos

SONRISA
-Casi te mato mientras dormías –dijo él, de pie frente a la cama.
-Pero no lo hiciste –dijo ella, desperezándose entre las sábanas.
-Quise que me vieras sonreír –dijo él. Y apretó el gatillo.

TRANQUILIDAD
Anoche, en el instante anterior a dormirme, creí que mis ojos deliraban. A través de la ventana, vi tres Lunas en el cielo.
Al despertar, me tranquilicé. Las Lunas ya no estaban. En su lugar, había tres Soles.

LLUVIA DE VERANO
El inoportuno celular repicó en la mesita de luz. Atendí.
-Che, te estamos esperando. ¿Venís a la oficina?
-Está lloviendo como loco, hermano. No voy.
-¿Qué decís, estás borracho? Hay un sol radiante.
-Mirá. Nos vemos mañana. Acá diluvia, y tengo acucharada y desnuda a una mujer que hace minutos se asomó por la ventana y dijo que llovía a mares. Y si ella lo dijo…

Tomado del Eco de las palabras

lunes, 13 de abril de 2020

Sálvame



Yo no tengo dios, pero, si tuviera, le pediría: salvame.
Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases "porque mi libro", "según mi obra" o "como ya escribí yo en 1998".
Salvame de estar pendiente de lo que digan de mí, preocupada por lo que dejen de decir, horrorizada cuando no digan nada.
Salvame de la humillación de transformarme en mi tema preferido, del oprobio de no darme cuenta, de la vergüenza de que nadie se atreva a advertírmelo.
Salvame de pensar, alguna vez, que en nombre de mi nombre puedo decir cualquier cosa, defender cualquier cosa, ofender a quien sea.
Salvame de creer que un anecdotario personal (mío: de cosas que me hayan sucedido a mí) puede ser el tema excluyente de una conferencia de dos horas o de un seminario de una semana.
Salvame de esperar que lo que escribo —o digo— le importe a mucha gente.
Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café, en cada sobremesa con amigos, lo que yo escribí, lo que yo hice. Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café, en cada sobremesa con amigos, lo que dicen los demás de lo que yo escribí, lo que dicen los demás de lo que yo hice.
Salvame de creer que nadie lo hace mejor que yo. Salvame de la ira contra quienes lo hacen mejor que yo: salvame de odiarlos secretamente y de decir, en público, que son resentidos, mediocres y plagiarios.
Salvame de creer que, si no estoy invitada, entonces la cena, el congreso, el encuentro no son importantes.
Salvame de la confusión de suponer que me recordarán por siempre.
Salvame de la tentación de pensar que lo que escribiré mañana será mejor que lo que escribí ayer. Salvame de la catástrofe de no darme cuenta de que ya nunca más podré escribir algo mejor que lo que escribí ayer (dame la astucia para entenderlo, el valor para vivir con eso y el temple de bestia que se necesita para no volver a intentarlo).
(Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases "sólo iré si me dan un pasaje en primera clase" y "sólo iré si voy con mi marido". Salvame de creer, alguna vez, que mi editor debe ser también mi enfermero, mi mayordomo, mi terapeuta, alguien que tiene la obligación de ir a buscarme al aeropuerto, pasearme por una ciudad desconocida un domingo de sol y atender a mis más íntimos trances en la convicción de que hasta mis más íntimos trances son sagrados.)
Salvame de perder la curiosidad por nada que no sea yo, mi, mío, para mí, por mí, de mí, conmigo, en mí, contra mí, según yo.
Salvame de copiarme a mí misma, de usar siempre el camino que conozco. Salvame de no querer tomar el riesgo, o de tomarlo sin estar dispuesta a que el riesgo me aniquile.
Salvame de la adulación. Salvame de escuchar sólo lo que me hace bien, y de despreciar todo lo que no me alaba.
Salvame de necesitar la mirada de los otros.
Salvame de ambicionar el camino de los otros.
No me salves de mí.
De todo lo demás: salvame.
(de Leila Guerriero)

lunes, 6 de abril de 2020

Un dia golpearon a la puerta


 

Un día golpearon la puerta:
“Disculpe, encontré este corazón y creo que le pertenece”.
Así era, tiempo atrás hubiera sentido temor de ver mí corazón en las manos de alguien. Pero esta vez era distinto, creía que peor no iba a estar, y seguramente no tenía vida ya. Lo tomé y le dije: “Gracias”.

El sujeto me miró sin esperar otro tipo de respuesta, ni recompensa, sólo agregó: “Lo encontré y ya estaba vacío. Deben haberse llevado lo que estaba adentro”.
No podía explicarle que fui yo quién lo tiró en medio de la lluvia, en medio de la noche, que nunca me ocupe de volverlo a llenar, que llenarlo me costaba mucho más que vaciarlo regalando lo que ese corazón insignificante contenía.
Lo invité a pasar y le volví a agradecer. Le expliqué que no tenía manera de recompensarlo, a lo que sugirió un café en ese momento.

Dejé el corazón vacío sobre la mesa, y nos olvidamos de las horas charlando. El viajero venía de un lugar que no conozco, y le conté un poco de mí vida, quizá la parte que se puede contar.

Después de la charla y del café, se retiró asentuando “un placer conocerte” y si no era molestia repetir el café. Lo pensé unos segundos y, a decir verdad, hacía mucho tiempo que no pasaba un grato momento, tuvo un gesto noble al devolverme el corazón que encontró tirado, y tenía ganas de volver a verlo. Le dije que sí, que nos volveríamos a ver, después de todo él había sido la prueba fehaciente que ya no tenía miedo de volver a ver mí corazón en las manos de un extraño.
Se fue sonriente. Cerré la puerta. Fui hasta la mesa y me di cuenta que las tazas no estaban ahí, ni sus cucharitas, ni rastros de café, no estaba el aroma, como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sido un sueño o una broma.

Estaba el corazón sólo sobre la mesa, me acerqué y miré en su interior y ahí estaba todo, tacitas, platitos y cucharas, la azucarera, y un par de palabras escritas que se habían hablado, un suave sonido de risas propia de los que recién se conocen. Sí, el corazón se había vuelto a llenar y sin dolor, y sin empezar mal, y sin forzar a que entre ahí lo que no cabe afuera. El corazón tenía algo adentro. Y ahí comprendí cómo, el día menos pensado, uno vuelve a empezar, sin buscarlo, creyendo que ya nada sorprende, que ya nada llena, hasta que algo nos recuerda de nuevo que la función de los corazones es llenarse continuamente para seguir viviendo.

Daniela Peralta
Ilustración: Nico Ilustraciones
@bitacoradeunaestrella

La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...