lunes, 1 de diciembre de 2014

Lo visible y lo invisible



Lo visible y lo invisible
Por - noviembre 16 de 2014 - 0:00
COLUMNAS, Taibo en Sinembargo - Sin comentarios

 
Me gusta haber nacido en la segunda mitad del siglo XX.
Me gusta bajar el cordoncito que hay en la mesa junto a mi cama y que, mágicamente, como por un prodigio, se encienda la luz para leer.
Me gusta levantar el auricular y escuchar la voz de mi prima Sonia, desde el otro lado del mundo, contándome que por fin salió el sol y que va a llevar a los niños al parque.
Me gusta ver cómo se derrite la mantequilla en el sartén, sobre el fuego constante e implacable de la estufa de gas.
Me gusta apretar un botón y que el aire se inunde con los Conciertos de Brandenburgo, o con ‘Satisfaction’ de los Rolling Stones, a todo volumen para recordarme con satisfacción, que sigo vivo.
Me gusta poder un sábado, subirme con mi mujer al coche, y estar en un par de horas lejos de la ciudad, de la contaminación, del ruido.
Me gusta que mientras tecleo estas líneas, vayan apareciendo, una por una, en un sólido negro sobre el fondo blanco y luminoso, rítmicamente en la pantalla de la computadora.
Me gusta poder enterarme en segundos de lo que pasa, lejos, cerca, con los que quiero e incluso con los que no quiero. Saber que estoy tan cerca de nuestras antípodas como de la esquina de mi casa.
Me gusta saber que Europa está a tan sólo once horas de avión, y Acapulco a 40 minutos, aunque no vaya.
Me gusta saber que el mundo sigue siendo ancho, pero que ya no es ajeno.
Me gusta ver por el orificio del telescopio, en una noche clara, los planetas y las estrellas que rondan por el cielo.
Me gusta encender el televisor, el DVD, y que en la pantalla aparezcan los sueños de otros a todo color, demostrándome que el cine es mejor que la vida.
Me gustan las engrapadoras, los tornillos, los taladros, las impresoras que también sacan copias instantáneamente, los microondas que hacen palomitas de maíz en dos minutos, las batidoras eléctricas, los teléfonos de bolsillo.
Me gusta que la tecnología sirva para todas esas cosas que dije, que parecerían a simple vista, estar más cerca de la poesía que de la ciencia. Porque estoy convencido que en la ciencia, hay, sin duda, también poesía.
Sí el siglo XIX fue el de los descubrimientos y los inventos, el XX nos brindó la posibilidad de disfrutarlos. Y hoy, de tan cotidianos, parecen invisibles, normales, absolutamente indispensables. Cómo si hubieran estado allí desde siempre. Pero no es cierto, tuvieron que pasar cientos de años para que muchos de esos inventos se cristalizaran y convirtieran en lo que hoy son y que nos ofrezcan las comodidades y posibilidades inmensas que nos brindan.
Me gustaría que sirvieran todos esos avances tecnológicos para hacer sociedades más justas, más libres, más incluyentes, más sensatas, más prosperas sin distingos.
Que terminen por fin el hambre, la sequía, la injusticia. Que acaben con la desigualdad, que sean un verdadero motor para crear la civilización que anhelamos.
Me gustaría que ayudaran a hacer ahora mismo, revoluciones de conciencia y de pensamiento, y que sirvan para acabar de una vez y para siempre con la impunidad, la violencia siempre inútil, la barbarie.
Que visibilicen lo hasta ahora invisible. Que aporten en algo para romper la brecha (que ya parece más Cañón del Colorado) económica que nos separa y nos aísla.
Me gustan mucho los avances tecnológicos que tengo a la mano, pero me gustaría mucho más, sí estuvieran en las manos de todos.
Y confío en que eso suceda en un futuro no muy lejano.
No estaré aquí para verlo, y sin embargo creo que así será.
De vez en cuando, le enciendo una veladora, muy del siglo XVII, a algunos de mis santos laicos, Edison, Franklin, Pasteur, Da Vinci, Salk, los hermanos Wright, Graham Bell, Galileo, Copérnico, Tesla, los Curie, Giordano Bruno y otros tantos que cambiaron al mundo para siempre.
Y en voz alta les agradezco todo lo que hicieron por nosotros.
Termino de escribir estas palabras, y en la misma computadora en la que tecleo, comienza a sonar, espectacularmente, la Primavera de Vivaldi.
Gracias, doña tecnología por todos los cambios.
Y ya apúrate a cambiar, doña sociedad

Las mujeres de mi familia



" Todas las mujeres de mi familia están rematadamente locas.
...Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, se vuelven inmortales e invisibles. Caminan por las calles a diez centímetros del suelo, con una sonrisa que les nace en la punta de una oreja y termina al otro lado, con mil hombrecitos sujetados por lianas, que les hacen cosquillas en la barbilla.
Cuando las mujeres de mi familia se enamoran, cantan y bailan en cualquier momento y en todo lugar, incluidas las colas de los supermercados y las salas de espera de los consultorios. Se les ilumina la piel y se ponen condenadamente lindas. Hacen bromas sin parar y pareciera que el mundo entero se detiene a mirarlas pasar.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, se oscurece el cielo y una bandada de pájaros atraviesa la ciudad buscando nuevos horizontes. La tierra se vuelve infértil y la muerte ronda, sigilosa, en cada esquina. Los días se tornan grises y la vida empieza a transcurrir en blanco y negro, como en una de esas antiguas películas que proyectaban cuando el cine aún era mudo.
Cuando las mujeres de mi familia se desenamoran, empapan las almohadas por las noches y se arrastran hasta la ducha por las mañanas. Corren las cortinas sin fuerzas y beben café hasta volver a quedarse dormidas. No suena más música por los rincones y se apagan las sonrisas de medio lado en cada espejo de la casa.

Las mujeres de mi familia tienen atributos innumerables: son bellas, inteligentes, desinteresadas, viscerales, amables, despistadas, etéreas, generosas, valientes.
Y todas -sin excepción- ponen el cuerpo y el alma cuando se enamoran.
Todas, sin excepción, se mueren un poquito cuando se desenamoran."

Guillermina Delupi
Las mujeres de mi familia (fragmento)

Un relato de Clarice Lispector


El sueter
Clarice Lispe
ctor
Sucedió que me regalaron un sueter. Hasta allí todo parece simple. Pero no lo es.
Quien me mandó el suéter es una muchacha a quien no conozco. Sé por intermedio de un amigo común, que la muchacha dibuja extraordinariamente bien. Vive en Sao Paulo. Cuando estuvo en Río almorzó con nuestro amigo. Estaba con un suéter tan lindo que a mi amigo le pareció que me quedaría bien y le encargó uno exactamente igual al de ella. Resultó, sin embargo, que la muchacha es mi lectora -¿o me equivoco?- y cuando supo para quién era el regalo insistió en ser ella misma quien me lo hiciera. Mi amigo aceptó.
Y heme aquí dueña de repente del suéter más bonito que los hombres de la tierra hayan creado. Es rojo-luz y parece captar todo lo que es bueno para él y para mí. Ésta es su alma: el color. Estoy escribiendo antes de salir de casa, y con el suéter. Aliada a su color de flama y llama, y me fue dado con tanto cariño que me envuelve toda y quita todo frío de ésta que se siente solitaria. Es una caricia de gran amistad. Hoy voy a salir con él por primera vez. Es ligeramente ajustado, pero tal vez así deba serlo: admitiendo como gloriosa la condición femenina. Una vez terminada esta nota voy a perfumarme con un perfume que es mi secreto: me gustan las cosas secretas.
Y estaré lista para enfrentar el frío, no sólo el real, también el otro.
Soy una mujer más.



Brindis y cuentos en el Museo

 

martes, 18 de noviembre de 2014

Razones para contar cuentos


Once razones para contar cuentos

Beatriz Montero

1. SUPERVIVENCIA

La primera vez que conté un cuento en público fue por supervivencia. Vamos, para salvar el pellejo, como se suele decir; y tuve sólo tres segundos para inventármelo. Me encontraba en una clase de relajación. Me llevaron allí unos amigos con la promesa de que tendría una experiencia cósmica, y no les faltó razón.

Cuando llegamos al local me presentaron al profesor y, tras un apretón de manos y los intercambios de nombres, nos señaló unas esterillas en el suelo. Me descalcé, me tumbé boca arriba y clavé la mirada en el techo desconchado. El profesor bajó la intensidad de la luz de las bombillas y comenzó a hablar con voz de ultratumba: “Relajen los pies, las piernas, las caderas… Peguen la espalda al suelo, relajen los hombros y el cuello, y cierren los ojos”. Debieron pasar unos quince minutos de silencio. Maribel decía que fueron sólo tres. No sé, con los ojos cerrados se pierde la conciencia del tiempo; el caso fue que tras esos minutos el profesor volvió a hablar: “Imaginen un lugar idílico”.

Imaginé el mejor lugar del mundo: el pueblo de mis abuelos, donde había pasado tantos veranos. Construí las montañas, el río que nace allí y que va a parar al pantano que se encuentra a escasos kilómetros del pueblo, la carretera con boñigas que divide al pueblo en dos: A un lado la pequeña iglesia románica que desde el aire parece un montecito de tierra caliza, el bar de Manolo, la plaza del pueblo con sus cuatro bancos de hierro y las dos farolas, el Ayuntamiento, más allá la única tienda de comestibles, el torreón; al otro lado de la carretera el río, un puente románico, los cerezos de la tía Lucía, el caserón de los abuelos, las ovejas pastando… y al final del pueblo la casa del cartero.

“Imaginen ahora --continuó diciendo el profesor-- un objeto.”

2. LOS SENTIDOS

No sabría explicar por qué me vino a la mente aquel sonido, el zumbido de una mosca, pero a los segundos supe que un sonido tan fuerte no lo podía hacer una mosca. Quizá fueran las aspas de un molino, pero no: se trataba de un helicóptero. Había construido un helicóptero que sobrevolaba la sierra y se dirigía hacia el pueblo. Luego apareció otro, y otro, y otro helicóptero, y un B-52. ¿Un B-52? ¿Qué hacía allí un B-52? El caso es que el avión adelantó a los helicópteros, y cuando estaba acercándose al palomar donde empieza el pueblo el profesor dijo masticando las sílabas: “Imaginen una acción”.

3. OTRO MUNDO MÁGICO

Por qué, por qué tuvo que decir nada. Cuando el B-52 se encontraba encima de la iglesia románica dejó caer una bomba, y aquel montecito de tierra caliza se convirtió en arena y polvo. Todos salían de sus casas gritando, corriendo hacia la carretera que divide al pueblo en dos. Hasta el Aguilucho, que no hay quien le moviese del poyete del bar con su vaso de vino, corrió como alma que lleva al diablo hacia la carretera. El B-52 dio un giro de 45 grados y lanzó otra bomba que cayó a la altura de la casa de la tía Lucía. Los perros, las vacas, las ovejas saltaban vallas y corrían en todas las direcciones.

4. LA CONCIENCIA DEL CUERPO

Viendo todo aquello se me tensó el cuerpo, y sé cuando la tensión está llegando a un estado grave, porque se me empieza a agarrotar el cuello. Los músculos tiran hacia debajo de la boca. Las piernas se habían quedado tiesas como alambres con las puntas de los dedos hacia arriba. El profesor no debió de darse cuenta de mi situación crítica. La gente seguía corriendo por el pueblo. Algunos llevaban la mirada perdida y corrían sin dirección. Cuando pensé que nada peor podía ocurrir, el profesor dijo: “Imaginen un resultado de la acción”.

5. EL GRAN FINAL

El B-52 lanzó tres bombas seguidas a lo largo de la carretera y arrasó con el puente, el río, las vacas, los cerezos, los perales, el tío Antonio, la tía Lucía, el caserón, los abuelos, el Ayuntamiento, los víveres… Vamos, que se fue todo a tomar aire fresco.

“Bien --dijo el profesor-- abran los ojos y cuenten su experiencia”.

6. SALVAR OBSTÁCULOS

Cuando me tocó el turno y conté mi experiencia todos escucharon enmudecidos mi historia. El profesor me miró con los ojos irritados, mandíbula apretada. Y cuando hube acabado mi experiencia dando todo tipo de detalles y ambientándolo con sonidos, el profesor aflojó la mandíbula y me gritó: “¡Y no fuiste capaz de salvar NADA?”

El profesor tenía los ojos enrojecidos, y entendí que mi integridad corría peligro. Mis amigos inclinaron el cuerpo expectantes por saber cómo salía de esa.

“Sí --le contesté--: la montaña rocosa”. Y en tres segundos me inventé una historia de por qué esa montaña había sobrevivido.

7. LO MÁGICO

El don de inventarme historias no me vino ese día, la verdad; sino que me viene de familia, por herencia. Procedo de una familia de cuenteros, trovadores, fabuladores, cómicos, comediantes, juglares, charlatanes, sacamuelas... Mi abuelo, que conocía muy bien el poder de la palabra, se enriqueció con la venta de historias a diez pesetas en el mercado central. Tenía todo tipo de historias: historias para enamorados, para mal de amores, historias que quitaban los dolores de muelas, historias de viajes. Vendía todos los cuentos que había heredado en la familia, y que luego heredó mi padre, y que han pasado a mí. Aprendí de boca de ellos que las verrugas en la nariz salen por no comer manzanas, que a los peces se les pesca por bocazas, y que la Luna sabe a queso. Gracias a esas historias, a los quince años sabía los secretos necesarios para enfrentarme a la voracidad del asfalto.

8. LONGEVIDAD

Mi abuelo ha logrado llegar a la edad de doscientos treinta y cuatro años, aunque aparenta ochenta y pocos. Su secreto no está en las cremas antiedad, ni en la alimentación o tratamientos de belleza, sino en las historias que nos cuenta en las que unas veces es Simbad y otras un caballero con armadura luchando contra un dragón. Le fascina contar cómo logró matar a una serpiente de tres metros de largo. Cuenta que un día encontró junto al poyete una gran serpiente enroscada como una gran boñiga. Sin pensárselo dos veces cogió un gran palo y esperó durante horas bajo un sol sahariano a que se desenroscara, y cuando esto sucedió le dio un golpe certero y partió a la serpiente en dos. Pero aquella mala bestia siguió serpenteando hasta que con un segundo golpe le separó la cabeza del cuerpo y la mató. Con la piel de aquella serpiente se hizo la gran maleta que usó para sus viajes en alta mar.

9. EL ESCONDITE

Recuerdo perfectamente aquella maleta porque pegó en ella como un sello la cabeza aplastada de la serpiente. Esa maleta está ahora debajo de su cama, y en ella esconde una isla, un barco con piratas, la bruja Endunda, el doctor Terribilis, un gato, un perro, un burro, un cerdo, varios ratones de biblioteca, tres pelucas, dos grandes zapatones verdes, un chaleco de cuadros, un soldado árabe, el gallo Kiriko y Poncha, la princesa de nariz rechoncha.

10. LAS RAICES

Como decía antes, empecé esta profesión casi por accidente, cuando el profesor de relajación me preguntó qué es lo que había salvado de aquel bombardeo, y le contesté que la montaña rocosa. Porque recordé que se contaba que entre las rocas había una puerta roja por la que se podía atravesar la montaña. Y aunque nadie ha visto jamás esa puerta, tampoco nadie duda de su existencia, ya que ese secreto ha pasado de boca en boca de generación en generación.

11. VIAJAR

Todos los años tenemos grandes reuniones familiares en las se relatan secretos muy secretos e historias que sucedieron hace tiempo. El año pasado estuvimos de viaje por África sin movernos del pueblo. Este año estamos preparando un viaje por la India. Tía Clara traerá kilos de curry para llenar las dos tinajas de la entrada de la casa. La tía Lucía dice que cerrará las ventanas porque en la India hace mucho calor. Nosotros llevaremos las esterillas para dormir en el patio, y por las tardes tomaremos el té mientras el abuelo nos cuenta cuentos indios.

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Mujeres

MUJERES de Maureen Murdock



Las mujeres somos tejedoras, nos tejemos con hombres, niños, y unas con otras para proteger la tela de la vida.
Las mujeres somos creadoras, damos a luz a nuestros niños y a los hijos de nuestros sueños,
Las mujeres somos sanadoras conocemos los secretos del cuerpo, de la sangre y del espíritu porque son uno y el mismo.
Las mujeres somos amantes, nos abrazamos con gozo unas a otras, a los hombres, a los niños, a los animales y árboles escuchando con nuestros Corazones sus triunfos y penas.
Las mujeres somos alquimistas, desenterramos las raíces de la violencia, de la destrucción y la profanación de lo femenino y transformamos las heridas culturales.
Las mujeres somos las protectoras del alma de la tierra, sacamos la oscuridad de su escondite y honramos los reinos invisibles
Las mujeres somos buceadoras nos sumergimos en los misterios, donde nos encontramos seguras, maravilladas y plenas de nueva vida.
Las mujeres somos cantantes bailarinas, profetas y poetas, recordamos quienes somos mientras viajamos por la vida

Maureen Murdock
 
 TOMADO DE:
 

La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...