lunes, 26 de diciembre de 2011
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Nochebuena por Eduardo Galeano
Nochebuena
Eduardo Galeano
Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a... -susurró el niño-
Decile a alguien, que yo estoy aquí.
martes, 20 de diciembre de 2011
martes, 13 de diciembre de 2011
miércoles, 7 de diciembre de 2011
Sobre un poema de Octavio Paz
“Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las
manos, soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños
de sol soñando sus mundos, hay que soñar en voz alta, hay que
contar hasta que el cuento eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros.”
manos, soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños
de sol soñando sus mundos, hay que soñar en voz alta, hay que
contar hasta que el cuento eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros.”

martes, 6 de diciembre de 2011
Credo del cuentista por Robert Fulghum
Creo que estoy autorizado a corregir para mejorar un relato.
Creo que el mito tiene más poder que la historia.
Creo que la imaginación es más fuerte que el conocimiento.
Creo que los sueños son más poderosos que los hechos.
Creo que la esperanza triunfa siempre sobre la experiencia.
Creo que la risa es el único remedio para el dolor.
Creo que el amor es más fuerte que la muerte.
ROBERT FULGHUM
viernes, 25 de noviembre de 2011
Nueva presentación de "Bazar de cuentos"

Bazar de cuentos
presenta
Nuestros más queridos cuentos
en Quindici Paysandù
Rivadavia 5799
Ciudad Autónoma de Bs. As.
viernes 2 de diciembre
viernes 2 de diciembre
18 y 30 horas
entrada libre
23 de Noviembre "Dïa Internacional de las Palabras"
Ana Gracia Jaureguiberry
Trabar y destrabar - Ana Gracia
Se apodera de la boca de los enamorados que, al besarse, un cosquilleo recorre el cuerpo de la mendiga que libera en un suspiro sus pesares; éstos se posan en el tapado azul de una dama y una tris...teza indefinida en sus ojos se instala.
Si visita al maestro llega a los alumnos, y en sus cabecitas Roma se transforma en Amor. En el recreo se enreda en los cabellos de los niños de otras aulas que la convocan a parlotear y escurrirse entre la risa.
Si la retienen pinta roja la garganta, muy roja. A veces duele. Si la destraban se pasa, y al pasar de boca en boca multiplica las emociones: suaviza, confunde, encoleriza, aburre.
Ella, enlaza mundos o desenlaza.
Si se desata puede perder el rumbo.
Ella, la Mujer Palabra, si no la nombro gira en la saliva y agoniza
Trabar y destrabar - Ana Gracia
Se apodera de la boca de los enamorados que, al besarse, un cosquilleo recorre el cuerpo de la mendiga que libera en un suspiro sus pesares; éstos se posan en el tapado azul de una dama y una tris...teza indefinida en sus ojos se instala.
Si visita al maestro llega a los alumnos, y en sus cabecitas Roma se transforma en Amor. En el recreo se enreda en los cabellos de los niños de otras aulas que la convocan a parlotear y escurrirse entre la risa.
Si la retienen pinta roja la garganta, muy roja. A veces duele. Si la destraban se pasa, y al pasar de boca en boca multiplica las emociones: suaviza, confunde, encoleriza, aburre.
Ella, enlaza mundos o desenlaza.
Si se desata puede perder el rumbo.
Ella, la Mujer Palabra, si no la nombro gira en la saliva y agoniza
martes, 22 de noviembre de 2011
"Algo sobre los cuentos" por Maurice Sendak
Al fin y al cabo somos animales. Si observamos a los cachorros, veremos que necesitan ser lamidos para sobrevivir. Pues bien, nosotros también necesitamos “ ser lamidos” Y la lectura se convierte de alguna manera en un “ lamido” . Cuando no solamente oyes un cuento entrañable, sino que además estás apretado por la persona más importante para tí en el mundo, la conexión que se establece, no puede disolverse. Si hay algún consejo que yo pueda dar es éste: si estás buscando una manera de acercarte a tus hijos, no hay nada mejor que sentarlos en las piernas y leer. Cuando los pones frente a un computador o un televisor, los estás abandonando. Los estás abandonando porque están sentados en un sofá o en el piso y probablemente están abrazando un perro. Pero no te están abrazando a tí.”
Maurice Sendak
domingo, 13 de noviembre de 2011
Avanti - Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!
¡Piu Avanti!
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!
¡Molto piu Avanti!
Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;
Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!
¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!
¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!
¡Molto piu Avanti ancora!
El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado:
No digas tu verdad ni al mas amado,
no demuestres temor ni al mas temido,
no creas que jamas te hayan querido
por mas besos de amor que te hayan dado.
Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansia las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...
¡Trema como el infierno, pero rie!
¡Vive la vida plena, pero muerto!
¡Moltíssimo piu Avanti ancora!
Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras,
No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;
Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
buscando las rendijas, no las llaves...
¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!
Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!
¡Piu Avanti!
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!
¡Molto piu Avanti!
Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;
Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!
¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!
¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!
¡Molto piu Avanti ancora!
El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado:
No digas tu verdad ni al mas amado,
no demuestres temor ni al mas temido,
no creas que jamas te hayan querido
por mas besos de amor que te hayan dado.
Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansia las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...
¡Trema como el infierno, pero rie!
¡Vive la vida plena, pero muerto!
¡Moltíssimo piu Avanti ancora!
Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras,
No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;
Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
buscando las rendijas, no las llaves...
¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!
Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte)
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Se todos los cuentos
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
León Felipe |
domingo, 30 de octubre de 2011
"Mujer con alas" en la noche de los museos
Bazar de Cuentos
se presenta el 12 de noviembre - 20 horas
en La Dante Alighieri
Tucumán 1646
Ciudad Autónoma de As.As.
Entreda Libre

Aoniken te invita a crear, entre todos, la manta de los buenos deseos
"AONIKEN CUENTA PARA ADULTOS"
Tema: Un cuento a tu elección
Para narrar y escuchar
El sábado 5 de noviembre a las 17y30 hs
En la Cámara de Comercio de Banfield
Alsina N º 622 esq. Maipú
( a 1 cuadra de la estación)
Ambiente climatizado
Entrada $ 5 (con derecho a una infusión)
Bai Jia Bei (la Colcha de los 100 buenos deseos) es una antigua tradición del norte de China con la que se celebra la llegada de un nuevo hijo. La colcha se realiza uniendo los retazos de tela con los que contribuyen familiares y amigos, de modo que cada pedacito representa los buenos deseos para la vida del recién nacido.
BAI JIA BEI. LA COLCHA DE LOS 100 DESEOS

La tradición dice así:
La última emperatriz de la dinastía Quing fue una simple concubina hasta el día que tuvo la suerte de dar a luz al único hijo varón del emperador. Durante un tiempo se vió forzada a dejar solo a su hijo y concibió un plan para protegerle de las viejas esposas del emperador y obligar a las poderosas familias manchúes a cesar en su empeño de reclamar el trono. A cada uno de los jefes de los cien clanes más poderosos del Imperio le pidió una bobina de la mejor seda. Encargó a los costureros del palacio que cortaran estas piezas en pedacitos más pequeños para con estos trozos hacer un traje para su hijo. Así, simbólicamente, pertenecería a cada una de estas cien nobles y poderosas familias. Bajo su protección, los dioses no osarían a hacerle daño.
Los 100 trozos, cosidos juntos, se convierte en una colcha que tiene la suerte, energía y los buenos deseos de todas las personas que han contribuido a su confección. Según la tradición la manta pasara de generación en generación.
miércoles, 26 de octubre de 2011
"Dolor" de Alfonsina Storni
En un nuevo aniversario de su muerte
Quisiera esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;
Oue la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar
Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear
Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello; no desear amar...
Perder la mirada, distraídamente,
Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.
Quisiera esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;
Oue la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar
Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear
Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello; no desear amar...
Perder la mirada, distraídamente,
Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Nueva presentación
Bazar de Cuentos
presenta
Secretos compartidos
en Quindici Paysandù
Rivadavia 5799
sàbado 29 de octubre 18 hs.
domingo, 16 de octubre de 2011
Feliz Día de las madres
Poema Maternidad de José Pedroni
(Fragmento)
Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,
durante nueve lunas crecerá tu cintura;
y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
vestirás simplemente y andarás con fatiga.
-El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
y a vino derramado nuestro mantel tendido-,
Si mi mano te toca,
tu voz, con vergüenza, se romperá en tu boca
lo mismo que una copa.
El cielo de tus ojos será un cielo nublado.
Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río…
Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
para el hombre de pala y la mujer de cesta;
el día que las madres y la recién casadas
vienen por los caminos a las mismas cantadas;
el día que la moza luce su cara fresca,
y el cargador no carga, y el pescador no pesca…
-tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata
tenga catorce noches y espolvoree plata
sobre la paz del monte; tal vez el villaje
llueva calladamente; quizá yo esté de viaje…-
Un día un dulce día con manso sufrimiento,
te romperás cargada como una rama al viento,
y será el regocijo
de besarte las manos, y de hallar en el hijo
tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…
durante nueve lunas crecerá tu cintura;
vestirás simplemente y andarás con fatiga.
-El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
y a vino derramado nuestro mantel tendido-,
Si mi mano te toca,
tu voz, con vergüenza, se romperá en tu boca
lo mismo que una copa.
Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río…
Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
para el hombre de pala y la mujer de cesta;
el día que las madres y la recién casadas
vienen por los caminos a las mismas cantadas;
el día que la moza luce su cara fresca,
y el cargador no carga, y el pescador no pesca…
-tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata
tenga catorce noches y espolvoree plata
sobre la paz del monte; tal vez el villaje
llueva calladamente; quizá yo esté de viaje…-
Un día un dulce día con manso sufrimiento,
te romperás cargada como una rama al viento,
y será el regocijo
de besarte las manos, y de hallar en el hijo
tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…
viernes, 14 de octubre de 2011
Almudena Grandes premiada
La escritora española Almudena Grandes ha obtenido el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska por su novela Inés y la alegría, convirtiéndose en la primera extranjera en ganar el galardón, que fue instituido en 2007 como homenaje a la escritora mexicana y está dotado con un premio en metálico de 500.000 pesos (27.000 euros).
La obra de Almudena Grandes ha competido con más de cuarenta libros procedentes de ocho países iberoamericanos y de Estados Unidos. El jurado del Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, que entrega cada año el gobierno del Distrito Federal, ha estado formado en esta edición por la poetisa y crítica uruguaya Ida Vitale y los mexicanos Mónica Lavín y Jorge Hernández. El galardón será entregado hoy por el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, en la inauguración de la XI edición de la Feria del Libro de Ciudad de México, que se celebrará hasta el próximo día 23 en el Zócalo de la capital y tendrá a la II República Española y al exilio como protagonistas.
La obra de Almudena Grandes ha competido con más de cuarenta libros procedentes de ocho países iberoamericanos y de Estados Unidos. El jurado del Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, que entrega cada año el gobierno del Distrito Federal, ha estado formado en esta edición por la poetisa y crítica uruguaya Ida Vitale y los mexicanos Mónica Lavín y Jorge Hernández. El galardón será entregado hoy por el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, en la inauguración de la XI edición de la Feria del Libro de Ciudad de México, que se celebrará hasta el próximo día 23 en el Zócalo de la capital y tendrá a la II República Española y al exilio como protagonistas.
miércoles, 12 de octubre de 2011
La tienda de palabras
Un adverbio se le ocurre a cualquiera
por Juan José Millás
Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones
que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.
Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le regalaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…
El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.
De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.
"El placer de contar" de Gustavo Martín Garzo
Un agricultor se dirigía a un pueblo próximo al aeropuerto militar de Villanubla llevando en su camioneta a una vaca. La niebla, y un error inexplicable, permitieron que la camioneta invadiera alegremente la pista justo en el momento en que aterrizaba un bombardero. El choque fue clamoroso. No hubo víctimas humanas, pero la camioneta quedó completamente destrozada y la vaca murió. El agricultor trataba de explicarse los hechos mientras los soldados lo condujeron al puesto de guardia. Allí le esperaba el coronel. Estaba muy nervioso y le habló de los riesgos inherentes a la vida militar y de lo difícil que era afrontar sin errores las graves responsabilidades que exigía el cumplimiento del deber. Hizo una pausa y le pidió disculpas por lo que acababa de suceder. Estaban dispuestos a indemnizarle, a hacerlo valorando tanto su camioneta como su vaca en un precio superior al que había pagado por ellos. Sólo le ponía una condición, nadie debía saber lo que había sucedido esa noche en el aeropuerto. El agricultor reflexionó unos momentos y luego movió la cabeza negando.
Prefería sacrificar cualquier cosa antes de no poder contar en su pueblo lo que le había pasado a su vaca»
Día del respeto por la Diversidad Cultural
Americanos (Galeano)
Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio desde una cumbre en Panamá los dos Océanos.
Los que allí vivían ¿Eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus nombres al tomate, a la papa, al maíz, al chocolate, a los ríos, a las montañas de América?
Los que allí vivían ¿Eran mudos?
Lo escucharon los peregrinos del Mayflawer y desde entonces se repite siempre.
Dios decía que América era la tierra prometida.
Pero los que allí vivían ¿Eran sordos?
Los nietos de aquellos peregrinos del Norte se apoderaron del nombre: "América"… y de todo lo demás o casi todo lo demás.
Ahora Americanos son ellos.
Nosotros, los que en las otras Américas vivimos, ¿Qué somos?
Los que allí vivían ¿Eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus nombres al tomate, a la papa, al maíz, al chocolate, a los ríos, a las montañas de América?
Los que allí vivían ¿Eran mudos?
Lo escucharon los peregrinos del Mayflawer y desde entonces se repite siempre.
Dios decía que América era la tierra prometida.
Pero los que allí vivían ¿Eran sordos?
Los nietos de aquellos peregrinos del Norte se apoderaron del nombre: "América"… y de todo lo demás o casi todo lo demás.
Ahora Americanos son ellos.
Nosotros, los que en las otras Américas vivimos, ¿Qué somos?
lunes, 3 de octubre de 2011
Cuento de Patricia Picazo publicado en su blog (España)

Las estrellasEl electricista del cielo enciende cada noche las estrellas. Les quita el polvo con su plumero y enrosca bien las bombillas. A veces para divertirse las sopla y las estrellas caen. Y si sopla muy fuerte caen muchas y parece que está lloviendo estrellas. A todo aquel que esté mirando el cielo una de esas noches se le mete una estrella dentro. Es por eso que dicen que todos tenemos una estrella, el secreto está en saber, como el electricista, hacerla brillar.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Día del maestro


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domingo, 4 de septiembre de 2011
"Cuento con voz"
Grupo “Cuento con voz”
Invita a un encuentro cultural
con cuentos narrados
en Burzaco Fútbol Club
el 4 de setiembre
a las 17 horas
miércoles, 31 de agosto de 2011
Libros contra la muerte (fragmento) por Rosa Montero
Cómo puede una apañárselas para vivir sin la lectura? Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura, y los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras. Hace poco escuché hablar en público, en Gijón, a la escritora argentina Graciela Cabal, en una intervención divertidísima y memorable. Vino a decir (aunque ella se expresaba mejor que yo) que un lector tiene la vida mucho más larga que las demás personas, porque no se muere hasta que no acaba el libro que está leyendo. Su propio padre, explicaba Graciela, había tardado muchísimo en fallecer, porque venía el médico a visitarle y, meneando tristemente la cabeza, aseguraba: "De esta noche no pasa"; pero el padre respondía: "No, qué va, no se preocupe, no me puedo morir que me tengo que terminar El otoño del patriarca". Y, en cuanto que el galeno se marchaba, el padre decía: "Traedme un libro más gordo".
[...] Y es que la muerte también es lectora, por eso aconsejo ir siempre con un libro en la mano, porque así cuando llega la muerte y ve el libro, se asoma a ver qué lees, como hago yo en el colectivo, y entonces se distrae.
[...] Y es que la muerte también es lectora, por eso aconsejo ir siempre con un libro en la mano, porque así cuando llega la muerte y ve el libro, se asoma a ver qué lees, como hago yo en el colectivo, y entonces se distrae.
lunes, 29 de agosto de 2011
Habitar el sonido por Rodolfo Castro
HABITAR EL SONIDO
Por Rodolfo Castro
Por Rodolfo Castro
Ahuecada,
la arcilla es olla.
Eso que no es la olla
es lo útil.
Lao Tse
la arcilla es olla.
Eso que no es la olla
es lo útil.
Lao Tse
El texto escrito yace inerte e inexpresivo ante nuestros ojos. No hay nada vivo allí, sólo rasgos apagados, un intento por existir, un libro, las paredes de arcilla de una olla vacía. El texto escrito es un recipiente. Eso que no es el libro es la lectura. Leer es caer al vacío, ingresar en ese espacio por propia voluntad y en ese acto otorgarle al libro su esencia, su razón de existir: ser leído... ser un sitio habitable.
Si la lectura en cualquiera de sus formas es un ente intangible, la lectura en voz alta demanda un acto de creación: una ilusión sonora que pueda ser vista. No se lee en voz alta para ser escuchado, leemos en voz alta para que los que escuchan vean el sonido, se arropen en él, lo habiten.
Si la lectura en cualquiera de sus formas es un ente intangible, la lectura en voz alta demanda un acto de creación: una ilusión sonora que pueda ser vista. No se lee en voz alta para ser escuchado, leemos en voz alta para que los que escuchan vean el sonido, se arropen en él, lo habiten.
Si durante el trascurso de una lectura en voz alta notamos que alguien está mirando hacia otro lado pensamos que esa persona está distraída, y seguramente es así. Y es que cuando hablamos no nos dirigimos a los oídos de la gente sino a sus ojos. Aunque nuestro auditorio se halle en completa oscuridad o esté al otro lado del receptor de radio, el sonido que nuestro cuerpo emite tiene que estar encaminado a producir imágenes sonoras. Aquí quiero aclarar que cuando me refiero a la lectura hablo en especial de la lectura de textos literarios, aunque no descarto los otros.
La lectura en voz alta es un acontecimiento que sobrepasa el simple desciframiento de signos y su expresión sonora. El desafío del lector en voz alta es el de transformar esos signos inertes en volúmenes tangibles que respiren, se muevan con libertad y desafío, y toquen al que escucha, lo conmuevan de tal manera que su sensación sea como la de estar viendo el sonido, viendo el cuento escuchado.
La lectura en voz alta no se puede limitar a otorgar cualquier sonido a las palabras. Hay que darles el sonido que les corresponde, el sonido con el que esas palabras quieren ser dichas. Pensar en el sonido como en un ser vivo que se gesta en el interior del ser humano, nace, crece, se desarrolla y muere. Habitualmente esto no se toma en cuenta, y escuchamos lectores en voz alta que leen un cuento con los mismos sonidos que utilizan para leer un informe, una crónica, un discurso o una planilla de nombres.
Quizás no esté de más señalar que esos lectores en voz alta suelen perder la atención de su público, y si ese público está compuesto por niños, esa pérdida de atención se interpreta como indisciplina o falta de respeto, y por consiguiente el lector incurre en actos represivos, creyendo que así logrará obtener la atención que la lectura requiere, sin entender que ciertas cosas no se pueden imponer. Uno puede imponer artificialmente la quietud y el silencio, pero en el fuero íntimo de quien es sometido a esa lectura defectuosa, la atención continuará en libertad y estará puesta en otro sitio más interesante.
El texto escrito comparte con la oralidad un espacio común de lenguaje, pero cada forma de expresión posee reglas independientes que en algunos casos son incompatibles.
El escritor propone, pero el lector en voz alta tiene todo el derecho de disponer del texto según su experiencia se lo demande. En lo personal, creo que esta aproximación al texto debe ser casi ritual, así como los antiguos leñadores pedían permiso al árbol para ser derribado, o los pescadores que sólo pescan lo necesario y regresan al mar los peces sobrantes, sabiendo que así se aseguran de que siempre habrá pesca. De la misma forma, cualquier modificación que se practique en el texto debe ser respetuosa y evitar dañar los órganos vitales del cuento, ya que una adaptación grosera y poco reflexiva puede darle muerte. Sin embargo, creo que es preferible asumir este riesgo, ya que de otro modo, el peligro lo corre el lector, que se enfrenta a textos bellos, pero que no han sido escritos para ser leídos en voz alta. Muchos textos demandan una traducción hacia el sonido, si esta no se realiza se dañará la expresión y la lectura en voz alta se tornará plana e incomprensible para el que escucha, y muchas veces también para el que dice. Las personas son más complejas y maravillosas que los libros. Los libros adquieren una categoría de trascendencia sólo cuando pasan a través de un lector. Sólo cuando son habitados por uno o múltiples lectores.
Para que este atravesamiento pueda ocurrir con mayor frecuencia, el lector en voz alta tiene que asumir su condición de hueco. Permitir que su cuerpo se inunde con los sonidos que intuye en el texto y que luego brotarán en forma de imágenes sonoras.
Pero para no quedarme en el enunciado retórico trataré de compartir en estas páginas algunas prácticas que en mi oficio como lector en voz alta me han ayudado a sacudir el texto escrito para hacerlo producir sonidos.
La lectura en voz alta de primera intención, en la mayoría de los casos, está destinada al fracaso. La lectura en voz alta demanda una lectura previa. Hay que leer antes de leer en voz alta. Sin embargo, en las escuelas es común que el maestro señale una página del libro de lectura y pida a sus alumnos que lean en voz alta, exigiendo que lo hagan correctamente, con buena pronunciación, respetando los signos de puntuación, y de manera expresiva, y todo esto sin antes haberles permitido hacer una lectura exploratoria que les deje conocer lo que van a leer para otros y adaptarse a las necesidades del texto. De esa manera, aunque el maestro piense que está promoviendo la lectura entre sus alumnos, lo que realmente hace es empujar al niño a la frustración y al rechazo hacia la lectura, porque lo está poniendo en un lugar de indefensión ante sí mismo, ante el texto y ante sus compañeros. Leer antes de leer en voz alta para otros, es una condición de justicia y respeto con el texto, con el lector y con quienes lo escuchan.
Una vez hecha esta primera lectura, habrá que avocarse a la sonorización adecuada del texto, buscando en las palabras el sonido particular que el marco contextual les otorga.
Supongamos que el personaje del cuento dice: “Mañana debo partir”. Dado que estas palabras están fuera de su contexto, no podemos saber cuál es el sonido que les corresponde, no sabemos si deben ser dichas con angustia o con alivio, con indiferencia o con tono imperativo, con resignación o entusiasmo. La pregunta que ha de hacerse el lector en voz alta para descubrir el sonido de una frase es: ¿Cómo se siente el personaje? Y esto sólo puede responderse si se sabe cuál es la situación en la que este se haya inmerso.
Imaginemos que quien dice esta frase se está despidiendo para siempre de un ser querido, en ese caso, el sonido de esas palabras será triste y fatal. Si en cambio el personaje es un joven ávido de aventuras que se encuentra a punto de iniciar un viaje largamente planeado, quizás el sonido de la frase sea imperativo, o agitado. En un tercer supuesto, si ese mismo personaje es retenido contra su voluntad impidiéndosele partir, esa frase tendrá un tono angustioso, suplicante o hasta amenazador. Así como las cifras cambian su valor según su ubicación dentro del número, las palabras sufren notables transformaciones según el contexto en el que son dichas.
La misma frase, las mismas palabras acomodadas de manera igual, pero en contextos diferentes, significan distinto, y tienen distinto sonido de enunciación.
Si el lector se ocupa en descubrir cómo se siente el personaje en cada momento específico del cuento, estará a las puertas de la comprensión o seguramente ya haya cruzado ese umbral. No alcanza con saber el nombre de los personajes, decir dónde se desarrolla la acción y hacer referencia a la anécdota narrada. Esta es una aproximación superficial al texto, útil, pero insuficiente para hablar de comprensión. Pero si el lector puede deducir cómo se siente el personaje y cuál es la situación que lo lleva a ese estado de ánimo, será porque se ha involucrado con la historia y ha comprendido. Alcanzado este punto, el lector en voz alta además tendrá que ponerle a las palabras el sonido de esos sentimientos. Si lo logra aunque sea tímidamente, estará creando una atmósfera sonora tangible y habitable, una experiencia de lectura que abonará el camino para que el que escucha también se involucre y se sienta atravesado.
Leer en voz alta es hacer que nuestro interior resuene. Es poner en juego los propios sentimientos y ponerse en sintonía emotiva con el texto y con los demás participantes de esa lectura.
Siempre me ha resultado curioso escuchar, durante el transcurso de algunos de mis talleres de lectura en voz alta, cuando un participante lee de un libro que el lobo se come a la abuela de Caperucita, y al decirlo no externa ninguna emoción, en esos momentos suelo preguntar si no le causaría ningún espanto ver a una fiera salvaje comerse a uno de sus familiares. Ante la obviedad de la respuesta, pido que continúe la lectura con la voluntad de creer. La lectura es un acto de voluntad, hay que abandonarse a la ficción y estar dispuesto a creer en lo desconocido, en lo imposible y en lo que es posible pero sabemos que no está ocurriendo porque es sólo un cuento.
La lectura requiere de nuestra complicidad, para que aceptemos que lo que se está leyendo sí está ocurriendo.
Los libros no nos dan nada, es el lector el que da y toma lo que necesita. Si realmente tomamos y creemos, entonces no podremos más que angustiarnos al leer sobre un acto tan abominable como al que se enfrentará una pequeña niña, sola y desprotegida, que está por entrar en una casa en la que la espera un animal feroz que ya se comió a su abuela, y se dispone a devorarla a ella. De sólo pensarlo se me pone la piel de gallina y el cuento de Caperucita Roja se presenta ante mí como un cuento del más profundo y elaborado terror.
Esta voluntad de creer, y esa disposición para tomar, para apropiarse del texto, es indispensable para que la lectura tenga oportunidad de estar viva. Y es quizás la única posibilidad que tiene el lector de entender cabalmente lo que allí ocurre.
Finalmente –y digo finalmente porque el espacio de esta nota así me lo exige, pero no porque el tema se agote aquí–, si uno en verdad quiere que su lectura en voz alta adquiera cuerpo y calidad narrativa y que se vuelva interesante para sí mismo y para quienes lo escuchan, además de tomar en cuenta los elementos antes mencionados, tendrá que ensayar, sí... ensayar. Con esto quiero poner en evidencia que la práctica de la lectura en voz alta raras veces logra sus objetivos si se toma a la ligera, sin cuidado y sin respeto. Es una actividad que desde los primeros tiempos de la invención de la escritura se ha tomado como forma privilegiada de trasmisión de la palabra escrita, y que atendida y cuidada puede otorgar momentos extraordinarios de emoción y enriquecimiento colectivo.
A los libros llegamos para abastecernos, pero como los barcos, regresamos a ellos también para reparar nuestras heridas, para descansar y para compartir la carga que traemos. En otras palabras, el lector toma del libro lo que necesita, se lo lleva consigo y así le da al libro y a él mismo la posibilidad de enriquecerse juntos
miércoles, 24 de agosto de 2011
"Aoniken Cuenta" convoca al milagro de la primavera y al milagro de contar
Contar un cuento es un milagro.
Algo tan inexplicable como respirar, como abrazar a alguien, como enamorarse.
Algo que puede ocurrir sólo de vez en cuando, aunque nunca sepamos si este estremecimiento fue el aleteo de un ángel o una corriente de aire.
No es cosa de decir: "voy a contar un cuento".
Sería como decir: "voy a hacer un milagro".
Hace falta que llegue su hora y que haya cómplices,
El cuento es un misterio que sólo es revelado cuando alguien, tembloroso, se lo cuenta a alguien maravillado.
Entonces, cuando lo está contando se produce el prodigio:
El narrador regala con su palabra su piel, su sangre, su risa, su amor a corazón abierto.
Cuando niño, encerré unos gusanos en una caja vacía de cartón.
Pasaron unos días y al abrirla apareció una nube de mariposas que volaron al sol.
Así son los cuentos: sólo se transforman en el aire, sólo palpitan en el aliento de ese pretidigitador que es el Cuentacuentos.
---------------------este hermoso texto es de Jorge Díaz------------------------
martes, 16 de agosto de 2011
martes, 9 de agosto de 2011
"Mujer con alas" y otros cuentos
![]() | ||
Bazar de Cuentos presenta "Mujer con alas" y otros cuentos de Dino Buzatti en Biblioteca Julio Cortazar Lavalleja 924 Ciudad Autónoma de Bs. As. el 12 de agosto a las 18 horas Entrada libre y gratuita |
jueves, 28 de julio de 2011
Aoniken Cuenta cumple cuatro años
AONIKEN CUENTA PARA ADULTOS
Te invitamos a compartir el festejo de nuestros primeros 4 años
Sábado 6 de agosto, 17 hs.
Cámara de Comercio de Banfield
Alsina N º 622 esq. Maipú
Ambiente climatizado
Entrada $ 5 (con derecho a una infusión)
Algunos de los buenos deseos de los amigos de Aoniken
Comentó Adhelma:
Un cuento es un rayo de sol que puede atravesar la neblina de la soledad y el desasosiego. Feliz Aniversario
Escribió Martincha:
En este mundo en que impera la cultura de lo rápido y descartable, un grupo que cumple cuatro años de trabajo en la cultura en forma incondicional, no es poca cosa
!Suerte!
Testimonio de Mariana:
Agradezco los momentos únicos que nos hacen pasar. Gracias por hacerle llegar a mi hija, que viene conmigo siempre, la poesía, el cuento, la palabra, la alegría,, tristeza...
Muchas felicidades y continúen así
viernes, 8 de julio de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
Un cuento de Juan Farías, quien falleció el 11 de junio
Una cinta azul de dos palmos y pico
(Algunos niños, tres perros y más cosas. Editorial Espasa-Calpe)
En aquel pueblo, como en todos los pueblos, había niños ricos y pobres.
Uno de los niños ricos cumplió años y le regalaron muchas cosas: un caballo de madera, seis pares de calcetines blancos, una caja de lápices y tres horas diarias para hacer lo que quisiera.
Durante los diez primeros minutos el niño rico miró todo con indiferencia.
Empleó otros diez minutos en hacer rayas por las paredes.
Otros diez en arrancarle una oreja al caballo.
Y otros diez en dejar sin minutos las tres horas libres. Esta última maldad fue haciéndola minuto a minuto, despacio, aburrido, por hacer algo sin hacer nada.
Al deshacer los paquetes, más aburrido que impaciente, había tirado por la ventana la cinta azul con que venía amarrada la caja de lápices, una cinta como de dos palmos, de un dedo de ancha, de un azul fiesta, brillante.
La cinta fue a dar a la calle, a los pies de Juan Lanas, un niño despierto, de ojos asombrados, pies descalzos y hambre suficiente para cuatro.
Juan Lanas pensó que aquello era un regalo maravilloso, pensó que era lo más maravilloso que le había ocurrido en la última semana y en la que estaba pasando y seguramente en la que iba a empezar.
Pensó que era la cinta con la que se amarran las botellas de champaña a la hora de bautizar los maravillosos barcos que dan la vuelta al mundo.
Pensó que era la alfombra que usaron los liliputienses el día que se bautizó al hijo del Rey.
Pensó que sería un bonito lazo para el pelo de su madre si su madre viviese.
Pensó que haría muy bonito en el cuello de su hermana, si tuviera una hermana.
Pensó que le gustaría usarla para pasear a su perro si era capaz de encontrar a ese golfo de Cisco, sin rabo y tan viejo.
Pensó que no estaría mal para sujetar por el cuello a la tortuga que quería tener.
Pensó, al fin, que bien podía ser un fajín de general.
Y pensándolo empezó a desfilar al frente de sus soldados, todos con plumero, todos con espada.
Los que lo vieron pasar pensaron que era un niño seguido de nadie. Y al poco rato un niño seguido de un perro sin rabo.
Pero Juan Lanas sabía que el perro era su mascota, que los soldados pasaban de siete, que era todo lo que Juan Lanas podía contar sin equivocarse.
Y mientras Juan Lanas desfilaba, el niño rico se aburría.
Juan Farías
(Algunos niños, tres perros y más cosas. Editorial Espasa-Calpe)
En aquel pueblo, como en todos los pueblos, había niños ricos y pobres.
Uno de los niños ricos cumplió años y le regalaron muchas cosas: un caballo de madera, seis pares de calcetines blancos, una caja de lápices y tres horas diarias para hacer lo que quisiera.
Durante los diez primeros minutos el niño rico miró todo con indiferencia.
Empleó otros diez minutos en hacer rayas por las paredes.
Otros diez en arrancarle una oreja al caballo.
Y otros diez en dejar sin minutos las tres horas libres. Esta última maldad fue haciéndola minuto a minuto, despacio, aburrido, por hacer algo sin hacer nada.
Al deshacer los paquetes, más aburrido que impaciente, había tirado por la ventana la cinta azul con que venía amarrada la caja de lápices, una cinta como de dos palmos, de un dedo de ancha, de un azul fiesta, brillante.
La cinta fue a dar a la calle, a los pies de Juan Lanas, un niño despierto, de ojos asombrados, pies descalzos y hambre suficiente para cuatro.
Juan Lanas pensó que aquello era un regalo maravilloso, pensó que era lo más maravilloso que le había ocurrido en la última semana y en la que estaba pasando y seguramente en la que iba a empezar.
Pensó que era la cinta con la que se amarran las botellas de champaña a la hora de bautizar los maravillosos barcos que dan la vuelta al mundo.
Pensó que era la alfombra que usaron los liliputienses el día que se bautizó al hijo del Rey.
Pensó que sería un bonito lazo para el pelo de su madre si su madre viviese.
Pensó que haría muy bonito en el cuello de su hermana, si tuviera una hermana.
Pensó que le gustaría usarla para pasear a su perro si era capaz de encontrar a ese golfo de Cisco, sin rabo y tan viejo.
Pensó que no estaría mal para sujetar por el cuello a la tortuga que quería tener.
Pensó, al fin, que bien podía ser un fajín de general.
Y pensándolo empezó a desfilar al frente de sus soldados, todos con plumero, todos con espada.
Los que lo vieron pasar pensaron que era un niño seguido de nadie. Y al poco rato un niño seguido de un perro sin rabo.
Pero Juan Lanas sabía que el perro era su mascota, que los soldados pasaban de siete, que era todo lo que Juan Lanas podía contar sin equivocarse.
Y mientras Juan Lanas desfilaba, el niño rico se aburría.
Juan Farías
domingo, 19 de junio de 2011
Los libros nos transforman
Un libro abierto Héctor Abad Faciolince El mejor cuarto de la casa, según el recuerdo que tengo de mi niñez, era la biblioteca. Todavía me parece verla; había un escritorio con cajones llenos de papel blanco y encima del escritorio había un pisapapeles de vidrio, un tintero que ya nadie usaba, y también una máquina de escribir mecánica en la que yo escribía con un solo dedo listas de palabras separadas por comas (perro, caballo, cama, casa, mesa, vaso, agua, viento, hoja); a un lado del cuarto había un tocadiscos tan viejo que ya en ese tiempo era viejo, y debajo del tocadiscos una hilera de discos de acetato, casi todos de música clásica y casi todos rayados, pero que seguían sonando si uno le daba un empujoncito a la aguja con los dedos. El resto del mobiliario consistía en dos sillas, un gran sillón reclinable con una lámpara detrás, y tres paredes forradas de libros apilados en estanterías de madera que subían desde el piso hasta el techo. El sillón era el sitio donde mi papá se estiraba a leer, y mi primera foto, a los ocho días de nacido, es acostado precisamente en ese sillón, en el sillón de lectura. No voy a decir ahora que yo, en una magia precoz, ya estaba leyendo; estaba dormido, es decir, estaba soñando, pero no hay ningún otro oficio humano que se parezca más a la lectura. Ahora quiero pensar, supersticiosamente, que yo estaba destinado al sillón de lectura, que ese era mi sitio en el mundo. En un costado de la biblioteca estaban las enciclopedias y los diccionarios; esos fueron los primeros libros que miré, con la ayuda de mi papá, los primeros que leí, ya solo, buscando al escondido palabras vulgares, y creo que serán también los últimos libros que lea: mis amados diccionarios y libros de consulta. Cuando no sé qué pensar ni qué escribir, abro una página de diccionario al azar, y las palabras siempre se me abren, se me despliegan como un mundo, crean una red de imágenes y de asociaciones que son la primera maravilla de la lectura. Cuando algo o alguien es claro, se dice que es como un libro abierto, para mí un libro abierto, por oscuro que sea, es la claridad, la claridad de un mundo luminoso que se abre ante mí. Pero quizá lo mejor y lo más curioso del sitio, de ese sitio que en mi casa siempre se llamó “la biblioteca”, era que mi papá entraba ahí con cara de furia o de cansancio, con aspecto aburrido o paso deprimido, y al cabo de algunas horas de misteriosa alquimia (la puerta estaba cerrada casi siempre) salía transformado en algo maravilloso, en la persona radiante y alegre que yo más quería. La biblioteca era el cuarto de las transfiguraciones. Qué transfiguración, qué íntima metamorfosis podían producir esos pequeños objetos de papel y letras y esos ruidos armónicos que salían de los parlantes? Ese era el mayor secreto, ese era el gran misterio de mi padre: la música, pero sobre todo la música callada (como llama William Ospina a la lectura, tomando la expresión de san Juan de la Cruz), la música callada de los libros producía en él una transformación. Durante la lectura (y esto lo pude ver en la biblioteca cuando me dejaba ser testigo de su oscuro rito, pero también en la cama, cada noche, y todos los fines de semana en el campo, bajo los árboles), durante la lectura, repito, mi padre se podía conmover como en un entierro y se reía como en una fiesta; también se concentraba como en una partida de ajedrez, con un fervor de ceremonia, y se despedía del mundo, se ensimismaba igual que si tuviera las peores preocupaciones o estuviera metido en los pensamientos más complejos. El momento de la lectura, las horas de lectura, eran como una repetición, como un repaso de las horas más intensas de la vida. Ese fue el secreto que yo fui descubriendo a lo largo de los años (antes de saber leer, sólo viéndolo a él): la lectura era, sobre todo, una inagotable fuente de felicidad, de serenidad, de plenitud. Yo fui testigo, en mi propia casa, de la felicidad que produce la lectura; mucho después encontré en Montesquieu una frase que explicaba lo que yo había visto: “El estudio ha sido para mí el remedio soberano contra las angustias de la vida, pues no he tenido nunca un dolor que una hora de lectura no haya disipado”. Tal vez por esta experiencia primordial, cada vez que me invitan a hablar ante un público con el propósito de inducir a los jóvenes o a los no tan jóvenes a la lectura, tengo una sensación paradójica: ¿por qué me propondrán que haga cosas obvias, que insista en asuntos que no necesitan estímulo ni demostración? Nunca, por supuesto, me invitan a dar conferencias para estimular en los jóvenes o en los no tan jóvenes el placentero hábito del sexo solitario o en pareja, ni para explicarles las delicias del baile, ni para recalcarles que es conveniente comer todos los días o dormir siquiera unas horitas cada noche o tomar agua de vez en cuando y bastante trago todos los viernes por la tarde. No; el sermón está reservado para el hábito de la lectura y entonces así uno queda, de entrada, como esas tías cantaletosas que nos repiten sin cesar lo importante que es no faltar a la misa en los días de fiestas de guardar. “Mijito, no se le olvide que mañana es primer viernes y hay que ir a la iglesia. Mijito, pórtese bien juicioso y lea siquiera un párrafo esta tarde”. La lectura queda entonces asimilada a un acto piadoso, benéfico y aburrido (si mucho saludable, como una dieta rica en fibras) cuando yo lo que creo, en cambio, es que es un acto pecaminoso, clandestino y divertido como el sexo, y además tan intenso y placentero como la vida misma. La lectura no puede ser una obligación; tiene que ser una necesidad esencial, algo como comer o tomar agua. Como decía el doctor Johnson: “Un hombre debería dejarse guiar sólo por sus inclinaciones en sus lecturas; los que leen por una especie de deber no le sacarán mucho partido a la lectura”. En realidad yo tengo una sospecha: estoy casi seguro de que todas las personas leen muchísimo, casi a toda hora, sin sosiego, pero fingen que no leen. Para mí que lo ocultan y que tienen guardado ese vicio de la lectura como un inmenso secreto del que sólo se habla con los íntimos, a solas, o cuando ya están medio borrachos en una velada de sinceridad. “¿Saben qué? Les tengo que confesar algo, yo también lo hago, al escondido, sí, no se lo cuenten a nadie, pero yo también leo cuando nadie me ve.” Cuando alguien me dice “yo nunca leo nada”, o bien “mis hijos nunca leen”, siento el mismo escepticismo que frente a esos gordos que afirman que nunca prueban bocado. Eso no puede ser cierto, me digo, nadie se va a negar semejante placer, seguramente lee al escondido y por algún motivo prefiere ocultarlo. Pero tal vez en este caso soy un ladrón que juzga por su condición. Yo, como los bebedores compulsivos que intentan dejar el vicio, cuando por algún motivo tengo que dejar de leer, me enfermo. Cuando no leo me va entrando un mal genio, un síndrome de abstinencia como de drogadicto sin heroína; y pienso que a todo el mundo le debe pasar lo mismo. No entiendo cómo alguien se puede pasar un solo día sin leer siquiera un par de páginas. Siempre he creído, pues, que todos los que saben leer, leen, así sea al escondido. Sin embargo, me he informado mejor y parece que es cierto lo contrario: hay gente que no lee, personas a las que no les gusta leer. Parece que sí; así como hay gente que no come, los anoréxicos, y gente que es incapaz de disfrutar con el sexo (frígidos, castos, impotentes), también hay seres humanos que no gozan con la lectura. Entonces se me ocurre que lo mejor, en vez de echarles un sermón, será hablarles sobre esa trágica condición que es la incapacidad de leer, y aquí no me refiero al analfabetismo (que es una especie de castración y no una frigidez psicológica), sino a la gente que sabiendo leer es incapaz de sacarle placer a la lectura. La frigidez, la anorexia y la impotencia son enfermedades muy difíciles de curar. Y son enfermedades de esas dolorosas cuando le suceden a algún pariente o a cualquier persona cercana, porque uno se da cuenta de que se están privando de algunos de los grandes placeres de la existencia: disfrutar la comida o disfrutar con otro cuerpo. Es como si estuvieran privados de un sentido: lo más triste de un sordo es que no puede gozar con la música, lo triste de ser ciego es no poder gozar con un paisaje o con un rostro. También con alguien aquejado de incapacidad de leer, lo que se siente es lástima. Sin embargo creo que hay tratamiento para esta desgracia, y que se puede tratar con cuidado y con buen pronóstico a mediano plazo. Tal vez lo primero que hay que decir es que no es necesario aprender a comer y que también para el sexo nacemos más o menos aprendidos. En esto la lectura, aunque la considero una necesidad primordial, es algo menos natural, menos genético, que reproducirse o alimentarse. Congénito es tal vez, eso sí, el placer que sentimos de que nos cuenten cuentos; todos, los cultos y los incultos, los niños y los viejos, queremos que nos cuenten cuentos. No hay niño que no quiera oír la historia de sus padres, por ejemplo, y todos los seres humanos no hacemos otra cosa que contarnos cuentos, ya sea unos a otros, o interiormente, para nosotros mismos. Planear y recordar es contarse el cuento del futuro o el cuento del pasado. Entonces, ¿cómo iniciar a los más jóvenes en la lectura? A mí no me parece conveniente que las jovencitas pierdan la virginidad con un expertísimo como Casanova, ni creo que la primera experiencia de un hombre deba ser con la mejor discípula de Celestina. Ni la una ni el otro están preparados para semejante manjar. En el amor y en la lectura hay que empezar despacio, con lo que más se parece a uno mismo, hay que empezar con un vicio solitario o especular. No sé si ustedes se habrán dado cuenta de que casi siempre los adolescentes, cuando tienen un primer noviecito o noviecita, eligen una pareja que físicamente parece un mellizo de ellos mismos. Cuando uno es joven e inexperto, busca lo que no le resulta demasiado extraño. Darle un beso a un sosia es como dárselo a sí mismo, a un espejo. Facilita las cosas, disminuye la impresión de la saliva, de la carne y de la piel ajenas. Por eso pienso que la mejor iniciación literaria empieza antes de la lectura, con los relatos de familia, con los cuentos que cuentan (oralmente) la historia de los padres y de los abuelos. A todos los niños les fascina saber de dónde vienen, quiénes eran sus bisabuelos, cómo era el pueblo, el país o el barrio donde crecieron sus padres, cómo era el empedrado de las calles, la letrina o el baño, qué comían, dónde se acostaban. Los cuentos son anteriores a la escritura y los cuentos durarán hasta después que la escritura se acabe pues el último hombre que haya sobre la Tierra no hará otra cosa que contarse a sí mismo el cuento de su desaparición sobre la Tierra, si es consciente de ello, o de la desaparición de la Tierra misma. Pensar, muchas veces, no es otra cosa que contarnos el cuento de lo que está pasando. Por eso la lectura es algo tan cercano, tan cotidiano y tan sencillo como comer: es la prolongación de los cuentos que todos nos vivimos contando. Es lo más sencillo, pero es también la sofisticación de lo más sencillo. Nos gusta apresar el mundo mediante la narración. Yo puedo decirle a mi hija: “el año que tú naciste, a los dos meses de engendrada, ocurrió el desastre de Chernobyl (una central nuclear soviética) y sobre toda Europa se cernían nubes radiactivas. Las mujeres embarazadas, y tu mamá estaba embarazada de ti, no podían tomar leche fresca porque ésta tenía isótopos de uranio en cantidades superiores a la recomendable, y podía ser peligroso tomar leche fresca para el feto, para ti que eras un feto”. Uno quiere conocer su propia historia y como todos somos más o menos egocéntricos, no nos cansan los detalles sobre nosotros mismos. También la vida de los padres, de los abuelos, como les decía, o la vida de la novia antes de conocerla. El placer de la lectura nace desde antes de aprender a leer, por el placer de oír historias, por el placer de conocer el cuento de nuestra vida y el cuento de la vida de los demás. Estas son las historias en bruto, las imágenes o imaginaciones que todos nos creamos y contamos. Lo que se lee no es muy distinto a eso; es eso, pero con un mayor grado de complejidad, de sofisticación, porque se supone que quienes escriben, cuando son buenos escritores, logran decir lo mismo que todos pensamos oscuramente, pero de mejor manera, de una manera tan distinta, tan hermosa o tan clara que parece otra cosa. Así como la culinaria no es más que la sofisticación de una necesidad primaria, la necesidad de alimentarse, y así como el erotismo es la sofisticación del instinto natural de reproducirse, así también la literatura no es más que el arte decantado de un gusto natural, el gusto de contar y oír historias. Pero decía hace un momento que no me parece necesario empezar con lo más sofisticado (Casanova o Celestina) sino con lo más cercano. Por eso concuerdo con quienes dicen que la enseñanza de la literatura no debe partir de lo más lejano, en el tiempo y en el espacio, para llegar a lo más próximo, sino al contrario. Habría que empezar con lo más nuestro, digamos con los muertos, el barrio y los atracos. Si a uno lo criaron con chicharrón, no es conveniente que se dé un brinco culinario repentino y le pongan al frente, de buenas a primeras, una coca repleta de caviar. Y no porque el caviar sea superior al chicharrón (lo cual es discutible). Pasa lo mismo al contrario: si a uno lo criaron con caviar a orillas del mar Báltico, no conviene que de un día para otro le presenten una bandeja llena de chicharrones, porque lo más probable es que no le gusten al cliente, y si le gustan le produzcan un desastre digestivo. Con esto quiero decir que si uno nació en Medellín, no debe empezar leyendo a Robbe-Grillet, y que si uno nació en Borgoña sus primeras lecturas no han de ser San Antoñito y la Marquesa de Yolombó. Lo más fácil, casi siempre, es también lo más familiar, lo más próximo. Y conviene empezar por lo más fácil. En general pienso que lo más fácil es lo más cercano, pero esto tampoco tiene que ser una receta rigurosa. Fácil es, en últimas, lo que a uno le parece fácil. A mí —y supongo que a todos— lo que me parecía más fácil no era ni siquiera leer, sino que me leyeran. Después lo que más me gustaba eran las revistas de muñequitos, los cómics; después salté a Las mil y una noches, y de ahí en adelante ya sí me envicié a cualquier lectura, a las lecturas más disímiles, raras y promiscuas. Porque esta es otra de las grandes ventajas que tiene la lectura frente al sexo: en las lecturas uno puede ser promiscuo, infiel, polígamo... En la lectura nadie condena la infidelidad; uno traiciona a Cervantes con Shakespeare o con Montaigne, cambia a Safo por Marguerite Yourcenar y nadie se mosquea, ninguno de ellos se revuelve en su tumba. Elías Canetti, que es un autor con el que mucho me identifico (en el sentido de que me gustaría ser como él) cuenta cómo empezó a leer en el primer tomo de sus memorias: “Mi padre me llevó un libro. Me acompañó a mí solo hasta el cuarto de atrás donde dormíamos los niños y me lo explicó. Era Las mil y una noches en una edición infantil. Papá me habló en un tono muy serio y estimulante y me dijo lo agradable que iba a ser leer todos esos cuentos. Yo debía intentar leerlos solo y después, por la noche, contárselos. Cuando acabara el libro, me traería otro. Me sumergí de inmediato en ese libro maravilloso y todas las noches tenía algo para contarle. Él mantuvo su promesa: cada vez había un libro nuevo, y es así como desde entonces nunca he tenido que interrumpir, ni siquiera por un día, mis lecturas”. Empezar leyendo lo más fácil y lo más próximo, entonces. Y próximo puede ser no solamente la cercanía geográfica, sino ese esquema probado y consolidado de los cuentos infantiles tradicionales. Un estudioso ruso, Vladimir Propp, descubrió a principios de siglo una serie de constantes en los cuentos fantásticos para niños; en los cuentos rusos, pero también en los cuentos orientales y en los de toda la literatura occidental y probablemente universal. Hay situaciones que se repiten, por encima de los nombres de los personajes: retos, pruebas, objetos mágicos, estrategias matrimoniales, derrotas, victorias. Un libro como el de Las mil y una noches, aunque muchos de sus cuentos sean para mayores de ventiuno, conserva casi siempre ese esquema elemental que a todos nos gusta, a los niños y a los adultos. Cuando hablo de empezar por lo más próximo me refiero a esos esquemas más elementales, con menos ingredientes. Creo que esto es irresistible para cualquier persona. Irresistible e infalible: no hay a quien no le gusten estos cuentos, como no hay casi a quien no le guste (salvo casos rarísimos) el agua o las caricias. Tal vez algo que explica la falta de afición actual a la lectura tenga que ver con el hecho de que el cine y la televisión sacian en buena parte nuestra sed natural de oír cuentos elementales. Si es cierto, y así lo creo yo, que a todos nos encanta que nos cuenten cuentos, y que este gusto está programado genéticamente (porque quien oye cuentos aprende y quien aprende sobrevive mejor en cualquier cultura; hay una selección natural que favorece, que favoreció hace cientos de miles de años a los humanos que tuvieron el gusto de que les contaran cuentos), si esto es cierto, es posible que esa sed natural esté siendo saciada por los medios masivos de comunicación. El problema es que estos medios tan nuevos difícilmente superan el nivel elemental del relato; esto desarrolla, entonces cierto infantilismo literario en los actuales pobladores del mundo. Porque los libros, a veces, van mucho más allá que la simple necesidad de entretenimiento y que los esquemas elementales de la narrativa. No me ocupo aquí de las lecturas no literarias, que son importantísimas. El lento y gustoso aprendizaje de leer cuentos elementales conviene también porque prepara a la persona (prepara sus ojos y su capacidad de concentrarse) para otras lecturas que serán de estudio y de descubrimiento del mundo. Cualquiera que quiera aprender seriamente cualquier cosa, desde medicina hasta economía, tiene que ser capaz de leer y de concentrarse por largos períodos de tiempo. El mismo uso del computador requiere lectura permanente, así sea de los breves mensajes que aparecen en la pantalla. Pero yo creo que es la lectura literaria (la lectura de lo que más naturalmente nos gusta a todos) lo que nos permite llegar, por ejemplo, a la lectura de un libro de biología o de mecánica cuántica. Nos prepara físicamente, en la capacidad de concentrarnos y en la capacidad de mantener la atención y la vista hacia esos signos mudos que transmiten conceptos. Entonces, volviendo a la reflexión anterior, si la televisión sacia por completo la sed de relatos elementales, y esta tarea pueden cumplirla tanto los dibujos animados como las telenovelas, es posible que en las nuevas generaciones haya una cierta privación de la capacidad de leer historias que van más allá, o de leer libros que profundizan en el conocimiento del mundo o en el conocimiento de nosotros mismos como seres humanos. Siempre y cuando uno no se quede ahí, leer cómics (o leer cualquier cosa, incluso mala literatura) es bueno en sí mismo, pero es más conveniente aún porque nos entrena para leer libros de psicología, de termodinámica y novelas de James Joyce. Empecé diciendo que la lectura es obviamente deleitosa, placentera, y que por eso no podía creer que hubiera gente que no lee y que me parecía innecesario incitar a la lectura porque esta actividad se defendía sola. Ahora tengo que decir que para que este placer sea más profundo y duradero, es necesario someterse a cierto grado de dificultad. Esta dificultad, para quien lee desde muy joven, prácticamente no se experimenta, pero para quien no está acostumbrado desde muy pronto al mero ejercicio físico, visual y de concentración, de la lectura, me doy cuenta de que la dificultad puede ser difícil de superar. Empecé hablando de la facilidad y de la dicha; no puedo terminar sin insistir en la dificultad y en el esfuerzo. Para seguir con mis metáforas erótica y culinaria, un buen lector (como un buen amante o un buen gastrónomo) no se hace de la noche a la mañana. Un concierto de Shostakovich no se disfruta a la primera audición, así como un capítulo de Proust puede resultar abstruso para un principiante. Los placeres más hondos y duraderos necesitan un período más o menos largo de aprendizaje. Si nos quedamos en lo más elemental sin hacer el esfuerzo, a veces pesado, de ir más allá, no podremos probar aquello que podrá incluso cambiar el sentido de nuestra existencia. Pero ¿qué significa ir más allá con un libro? Bueno, eso depende, ante todo, del libro: con un libro de Chopra nunca podremos llegar muy lejos; de libros tontos y consolatorios no habrá nunca mucho qué sacar. En cambio hay libros inagotables, interminables, que leídos en distintos períodos de nuestra vida, nos dicen siempre algo diferente sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Hay libros que nos cambian la vida, libros que nos llevan a ser otras personas, libros que nos sustraen del dolor o que nos llevan a experimentar de manera más auténtica y profunda el dolor; libros que nos ayudan a penetrar las complejas sensaciones del amor, de los celos, de la envidia, de la ira, de la benevolencia, libros que exploran todas las pasiones humanas y que nos enseñan a entender y a dilucidar las vivencias nuestras de todos los días. Pero a esa experiencia no se llega sin cierta dificultad. Y esta dificultad sólo se supera con lo mismo con que se superan casi todas las cosas: con tiempo e insistencia. No voy a criticar a todos aquellos que se conforman con placeres menores, con curiosidades menos agudas o más frívolas. La condición humana es variada y muy difícil. Hay muy malas personas que son muy buenos lectores y personas buenísimas que jamás han leído casi nada. O nada. Lo mismo se podría decir de cualquier experiencia artística (la música, la pintura, la arquitectura, el paisaje). Tal vez el arte no nos haga necesariamente mejores. Pero sí creo que el arte, y la literatura es un arte, le da un espesor y una calidad mayor a la existencia. La vida no dura mucho, es angustiosa y dolorosa a la vez, pero el arte es un recurso casi siempre muy barato y que además nos dura hasta el último respiro. Leer y mirar no cuesta casi nada; basta no tener hambre para que leer, mirar y oír sean experiencias que llenen de sentido la existencia. Probablemente la existencia no tenga ningún sentido. Pero es casi seguro que al menos tenga uno, así sea uno solamente: existir vale la pena porque se sienten cosas. Y eso es lo que hace el arte, el arte nos hace sentir cosas, el conocimiento nos hace sentir cosas, y nos hace sentirlas más, con más intensidad, es decir, nos hace vivos doblemente. Hay dos maneras de sentir con gran intensidad: viviendo y leyendo. Y esas dos experiencias, además, se retroalimentan: cuanto más se ha vivido, con más hondura se lee, cuanto más se lee, con más intensidad se vive. El delicioso (pero al principio difícil) arte de la lectura, nos hace sentir y nos hace pensar, porque es capaz de sacarnos de nosotros mismos. Un individuo, una persona sola es casi siempre muy poca cosa. Gracias a los libros ponemos a prueba nuestra escasa experiencia del mundo con la múltiple experiencia de grandes hombres y mujeres del pasado y del presente. De ahí esa gran capacidad transformadora que tiene la lectura. De ahí también su gran fascinación. Lo primero que yo vi que hacían los libros era que transformaban a mi padre, que me lo devolvían mejor de lo que llegaba. Yo desde eso me fabriqué una de mis pocas certidumbres: los libros nos transforman, la lectura nos transforma. Y quiero creer que casi siempre nos transforman para bien, para más, para mejor. Tomado de lecturas peligrosas |
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