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miércoles, 12 de abril de 2023

Emilse y el mar

Por Enriqueta Barrio (*) La familia iba a viajar en coche y el personal de servicio lo haría en tren. Esas fueron las directivas del patrón, las que, por supuesto, serían acatadas sin chistar. Ella, Emilse, estaba nerviosa. Era la primera vez que salía de la casa y del barrio en los que estaba hacía ya largos cinco años, cuando con su madre llegaron de las Termas a Buenos Aires, recomendadas por la Madre Superiora del Convento de las Adoratrices, para trabajar en la casa de los Pérez Lovallol. La familia pasaba todos los veranos en Mar del Plata, donde tenían un chalet, pero a ella nunca la habían llevado, porque aún era muy joven y “no iba a hacer más que dar gasto”. Entonces Rosa, su mamá, partía a la costa y la dejaba llena de advertencias y recomendaciones en el sofocante verano porteño. Se quedaban tres largos meses, en los que Emilse se aburría muchísimo y Rosa cocinaba para todos, hambrientos por el aire de mar y la vida en la playa. Pero este verano ella, por fin, conocería el mar. Se le venían a la mente las bellas palabras de Alfonsina Storni, su escritora amada, a la que husmeaba cuando podía disimular un libro bajo el delantal y llevárselo a la pieza, para leerlo en las noches, antes de caer vencida por el cansancio. Y así eran ellos, los cinco que viajaron en el tren, en clase turista, buscando la migaja de pan. El chofer, Demetrio, serio y circunspecto; Rosa, regordeta e impecable; dos chicas del Chaco que no sabían leer ni escribir y cumplían funciones de mucama; y ella, con sus dieciocho años repletos de sueños de colores, de poesía, mar y golondrinas. Los vagones venían atiborrados. La mayoría eran de las provincias, morochos y morochas trabajadores que aprovechaban la temporada para servir en hoteles, restaurantes y casas de familia. Ellos no tenían vacaciones. Faltaba para eso. Algunas nodrizas se conocían de las plazas y charlaban alegremente como viejas amigas. Grupos de varones se unían enfrentando los asientos de respaldo movible y jugaban ruidosas partidas de truco, que estallaban en alegres risotadas cada cierto tiempo. Emilse miraba todo con ojos ávidos de novedad, apenas sonriendo, tímida y cohibida por la algarabía del ambiente. Rosa repartió trozos de tortilla fría y después una mandarina para cada uno. El ambiente festivo se aquietó un poco después del almuerzo, cuando los ronquidos de siesta hicieron de contrapunto al rítmico golpeteo del tren sobre las vías. Llegó entumecida, creyendo que vería ahí nomás el mar, pero no, parece que estaba lejos de la costa la estación. En un colectivo llevaron a muchos al Hotel Barreiro, lugar en el que pararían mozos, cocineras y mucamas durante la temporada. El hotel tenía una ubicación estratégica: cerca de los grandes chalets, pero no tan cerca como para que no quedaran claras las diferencias. Emilse puso sus dos delantales en el pequeño ropero que compartía con su madre, se hizo de nuevo el estirado rodete disciplinando su pelo fuerte y oscuro, y salió corriendo: iba a aprovechar las horas hasta que llegaran los patrones, iba a conocer el mar. El corazón le saltó de emoción al atisbarlo de lejos. Una gigantesca masa plateada que se agitaba tempestuosa levantando bruma de ensueño. Se sacó los zapatos cerrados y las medias rosadas y sintió la fría arena bajo sus pies. El viento austral la azotó impiadoso, y una lágrima se confundió con el salitre en su mejilla. Se supo hermanada con Alfonsina, y con todos los que encuentran en la costa un horizonte amplio y lejano, pero que se ve, que existe, que está. Y eso, para las almas sensibles, no es poco.

lunes, 25 de mayo de 2020

La Coca


Para ella la limpieza era prioridad.
Coca, así le decíamos desde siempre, medía incluso la calidad de las personas con esa vara: la vara de la higiene, la que se olfatea al entrar a una casa, la que se pispea abajo de los muebles, la que no tolera una conversación cuando hay una mancha de por medio. Una mujer era buena o mala según su afán aséptico.
Sus labores domésticas eran súper profesionales. Nada de que te limpio esto porque está sucio, eso jamás. Se limpia de manera metódica, precisa, redundante, ordenada. Se limpia para que esté más limpio. Una mujer que se precie, se levanta a la misma hora, antes que el resto de la familia y comienza una serie de intensos quehaceres, que van a hacer de ella una mujer válida o no.
Así la criaron, así era su madre, así es la vida.
Disfrutraba esa limpieza, la excitaba, la reconcentraba. Reconocía cada superficie, cada olor, cada rincón de la casa al dedillo. Era su territorio, podía incluso advertir acciones y permanencias del resto de la familia, solo con su agudísimo ojo inspector. Un pelo acá, una media allá...indicios.
Jorgito era ahora el único que había quedado con ella, ya estaba en la tercera edad, y era viuda hacía rato.
La falta de contacto humano afectuoso (por no decir que no garchaba hacía siglos, que queda mal), la había endurecido y su carácter tomó las particularidades del amoníaco: agresivo, intenso, corrosivo y letal.
Mantenía sus rituales de limpieza como cuando eran una familia numerosa, y el pobre Jorgito saltaba de los patines en el piso a no olvidarse de poner la funda de plástico símil puntilla en el bidet. Él ya había aceptado su soltería y la idea de no pagar alquiler y tener quien le cocine, justificaba esos sacrificios a los que, por otro lado, se había acostumbrado.
Coca le comía la cabeza de manera atroz. Toda su vocación de picaseso, que durante años repartió entre todos los miembros de la familia, hoy caían sobre su hijo único. Él se había acostumbrado a no escucharla, y podía comer mirando la tele, asintiendo cada tanto al discurso agotador de su madre, generalmente acerca de alguna vecina y su mugre. Solo la interrumpía para pedirle un poco de ensalada, a pesar de tenerla a centímetros. Luego se estiraba, se sacudía las migas de encima y se levantaba murmurando algo así como "En un rato vuelvo..."
Coca quedaba con la anécdota a la mitad y, también entre dientes, decía "La otra mitad te la cuento mañana..."
Jorgito se iba al privado de La Perla, donde pasaba unas siestongas de lo más placenteras, sobre unas sábanas que de haberlas visto la pobre Coca, se hubiera puesto a llorar. Tanto esfuerzo para criar un hijo, mirá en que termina. Ni hablar de Sheila, la portorriqueña de la que se había Jorgito enamorado, con su pelo lleno de trencitas y sus uñas kilométricas, que vio en él a un buen pibe y la más segura forma de salir del barro.
Años se mantuvo esta rutina, y aunque Coca percibía claramente que su hijo "andaba en algo" (sobre todo al ver como dsminuía el sueldo que él dejaba religiosamente en un cajón), se hacía la que no y aquí no ha pasado nada.
Seguía frotando con los guantes de goma anaranjados, las juntas de los azulejos del baño. Rasqueteando el piso de madera de su pieza. Poniendo bicarbonato en las ollas ni bien se oscurecían.
Sacaba al sol el colchón de dos plazas y lo golpeaba furiosamente con una paleta de madera. Imaginaba pequeños ácaros caer fulminados y disfrutaba de la masacre.
Mirá si Coca hubiera sabido que días después, ese colchón se llenaría de aire caribeño y nunca más iba a ser azotado. Que sus cacerolas se iban a ennegrecer completamente friendo banana. Que la funda de puntillas del bidet iba a volar al más allá para nunca más volver.
Le hubiera dado un infarto de la bronca a la pobre Coca. Otro.

Secretos de belleza


 Estela entró a trabajar en Pozzi a los diecisiete años.
Es cierto que los diecisiete años de antes no son los de ahora. Los jóvenes de esa época se esforzaban por hacerse grandes lo antes posible: los chicos fumaban ni bien juntaban coraje, miraban ansiosos el funcionamiento del coche para manejar apenas se les permitiera (y antes también) y se vestían como tipos; algunos se veían realmente graciosos imitando maneras y peinados de hombres avezados. Las chicas querían parecer señoras y usar medias de nylon lo antes posible, imitando la manera de ser de mujeres adultas y no al revés como ocurre hoy.
Entonces ella a los diecisiete ya se consideraba una tipa hecha y derecha, capaz de pertenecer a la sección Accesorios para el Cabello sin ningún inconveniente.
Que boliche fabuloso era Pozzi en esos años.
El negocio había nacido como una fábrica de pelucas, ya que José Luis Pozzi, un tano de los primeros en hacerse llamar “coiffeur” por estos pagos, era especialista en la creación de melenas ficticias. Conocía el arte como nadie, distinguiendo las hebras sintéticas que mejor simulaban el cabello real, dándoles la orientación justa para que no se notaran las costuras. Las pelucas de pelo corto, medio y largo en las más variadas tonalidades de castaños, rubios y morochos que había en el país llevaban todas la etiqueta de Pozzi.
Salones enteros, poblados de cabezas de telgopor de expresión estilizada, exhibían las más variadas posibilidades de peinado. Luego se sumaron rodetes y chignones, postizos de las más diversas formas y complejidades; algunos llegaron a ser obras arquitectónicas que desafiaban la gravedad y la lógica. Estela tenía especial aprensión por el depósito de pelucas, y salía de él con el corazón en la boca y la respiración agitada, segura de haber visto de soslayo moverse alguna de las cabezas en el fondo.
Tal fue el éxito de las pelucas Pozzi que, a la muerte de José Luis, sus cuatro hijos continuaron con lo que ya era una empresa y ampliaron el rubro, convirtiéndolo en Perfumerías Pozzi.
Así, perfumes franceses, polvos volátiles en deliciosos envases de rebuscado diseño, hebillas y peinetas de carey, pomadas y rociadores con bomba de goma, poblaron las vitrinas inmaculadas de los locales de la firma que se extendieron por todo el país.
Para Estela ser una “Señorita Pozzi”, como se las nombraba por entonces, fue entrar a jugar en primera. La posibilidad de conocer algún señor que la sacara del barrio y la convirtiera en una señora, se hacía más cercana. Parece que eso era un mito nomás.
Se lo tomaba con toda la seriedad del caso, sintiéndose una privilegiada por pertenecer a ese mundo espléndido, en el que mujeres elegantes gastaban en una pasada por el negocio lo que ella ganaba en un mes.
Se levantaba a la seis, y planchaba el trajecito azul cubriéndolo con un papel de seda para no quemarlo ni dejarle marcas. Se maquillaba y retocaba las uñas, con esmalte blanco nacarado y salía por las veredas desiguales del barrio taconeando, mientras las viejas barrían, sintiéndose Gina Lollobrígida. No Sofía Loren, pensaba, que es más ordinaria.
Hablaba de Pozzi usando el “nosotros” y rivalizaba con las que trabajaban en Perfumerías Ivonne, “Por favor, no se puede comparar, vender Siete Brujas y Crema de Pepinos en esos envases berretas, vestidas con esos guardapolvos rosados”, decía frunciendo la boca con asco, “Nosotros vendemos Intimate de Revlon, Chanel número cinco, Dior, Saint Laurent, productos para mujeres finas, para Señoras….”
Las chicas de la cuadra la escuchábamos extasiadas mientras describía su trabajo en la cola de la panadería los domingos a la mañana, cuando íbamos a comprar facturas. Olía riquísimo y llevaba siempre un pañuelito al cuello con mucha elegancia, combinándolo con la ropa. Las demás vecinas, con sus bolsas de red y sus manos de trabajo, la miraban de reojo de arriba a abajo, queriendo encontrar el defecto, la falla, el pecado oculto; con una envidia mal disimulada.
Por supuesto se empezó a desatar la malidicencia, tan común en esas épocas de telenovelas y prejuicios. La de Bendomir la vio llegar una noche en un Taunus manejado por un hombre “muuuucho mayor que ella, ¡casado!”, ya que sus ojos de sesenta años le permitieron ver, de noche y a ochenta metros de distancia, una alianza indiscutible en la mano masculina sobre el volante.
Pochi, la almacenera, aseguró haberla visto en una whiskería del centro, sentada de piernas cruzadas en una de las butacas altas de la barra, en clara actitud de levante, a pesar de las cortinas cómplices y la escasísima luz del boliche de trampas. Por supuesto que la vio de afuera, “yo no te piso esos lugares ni loca”, cuando iba a buscar a su suegra para llevarla al kinesiólogo.
En cambio Rubén, el carnicero, la recibía con especial afecto, dándole siempre las mejores partes y agregándole una yapa o algún hueso para el perro, mientras la Coca, su mujer, lo fulminaba con la mirada desde la caja.
Estela pasaba por alto estas inquinas y seguía yendo y viniendo de Pozzi, siempre impecable y altiva.
Y así nos hicimos grandes, y un día nos dimos cuenta que Estela ya no se cocía en el primer hervor. Que el trajecito estaba un poco deslucido, que el perfume se había pasado de moda y olía pesado y polvoriento y que las Perfumerías Pozzi, otrora planeta del deseo, habían presentado Convocatoria de Acreedores. La llegada de unas pelucas chinas al país, las peleas salvajes entre los hermanos herederos, que los dejaron exhaustos y fundidos, y la posibilidad de viajar a Miami a comprar perfumes franceses al precio de un kilo de limones de acá, firmaron el acta de defunción de la empresa.
Siguió abierta unos años más, dando lástima, solo en el local del centro de la ciudad. Prendían la mitad de las luces para ahorrar y las peinetas con strasses se apagaron en las vitrinas.
Cuando Estela cumplió los cincuenta años de empleada, le dieron una placa redordatoria, cuatro pelucas pasadas de moda peinadas por el mismísimo José Luis Pozzi que olían a naftalina, un aplauso y si te he visto no me acuerdo.
La pobre se enteró al iniciar los trámites, que no habían hecho los aportes patronales, así que no cobró la jubilación nunca y siguió viviendo en el PH de sus viejos, el tercero del pasillo, haciéndole las manos a las mujeres del barrio, a las que recibía como cuando entraba una señora a la perfumería reluciente.
Las viejas de la cuadra bajaron la guardia y la sumaron a las charlas mañaneras, escoba en mano.
Eso sí, todas tienen las uñas de blanco nacarado, limadas y redondeadas a la vieja usanza, como las usaban las señoras en la calle Santa Fe.
La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo, niños y primer plano
* En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora
enriquetabarrio@gmail.com

lunes, 20 de mayo de 2019

Un auténtico Quirós (publicado en facebook)


Y un día amanecimos con la Historia del Cuadro.
Mi abuela había fallecido unos años antes y había dejado a sus herederos poca cosa. Con un clásico historial de clase trabajadora argentina que pasó por los oscilantes movimientos de su economía, la vejez la encontró con un PH al fondo de tres ambientes, amplio y soleado, frente a una plaza. Y nada más.
Se repartieron algunos adornos, de poco valor económico pero muy lindos, y con ese olor a hogar de abuela que tanto nos gustaba.
Entre las cosas que vinieron a casa había un cuadro.
De pequeñas dimensiones la obra en sí, rodeada de una especie de pana beigecita, a la que seguía una banda dorada y un marco de lo más común. Eran unos barquitos medio difusos en un puerto, de colores apagados no sé si por el artista, por el tiempo o por la grasa de la cocina, lugar en el que había estado colgado para la época en que mi abuela murió.
Realmente desconocía cómo arrancaba Norita con estos manijazos. Cuál era la chispa que encendía la mecha de un tema puntual que copaba almuerzos y cenas durante días, con afiebradas comunicaciones teléfonicas, discusiones bizantinas, recuerdos, anécdotas, planes y proyectos. Esto pasaba cada dos o tres días, cuando el tema que nos había desvelado desaparecía por completo y quedaba en el baúl de las anécdotas familiares, de donde hoy lo estoy sacando.
Sin embargo, con la Historia del Cuadro pude ver la génesis de la situación.
Todo arrancó con un chantapufi que vendía libros y que cada principio de mes pasaba por casa: cobraba la cuota mensual de alguna enciclopedia que habíamos comprado y se quedaba masomenos una hora, contando disparates y haciéndose el sabelotodo, como si fuera el mismísimo Salvat.
Mientras esperaba que mamá trajera la plata, se acercó al cuadro que ahora estaba en el living, arriba de la mesita del teléfono, se levantó los anteojos de pasta cuadrados y miró con detenimiento y el ceño fruncido, achicando los ojos, y largó la frase que desataría la tormenta: "¡Ah, pero tiene un Quirós!!!"
Norita que venía contando los billetes, trató de dimular su ignorancia con un "¿Quirós lo pintó? Y ese era famoso, ¿no?", mezclando en su cabeza a un famoso actor de ese tiempo, Ignacio Quirós, con un escritor portugués de nombre parecido.
"Pero claro!!!, exageraba el librero, un maestro del arte pictórico argentino....Cesáreo Quirós..."
Nos reímos por el extraño nombre atribuído al pintor y con su vozarrón nos explicó, mientras ponía "pagado" en una página de una libretita, que antes era muy común ponerle nombres ridículos a la gente, relacionándolos con algún suceso del día del nacimiento. "Claro, aportaba Norita, mi mamá por ejemplo se llamaba Concepción porque nació en 24 de...." Y ahí el vendedor, que solo se escuchaba a sí mismo, arrancó con la historia de una mujer a la que él conocía, que había encontrado un cuadro en el sótano del departamento, de un pintor español del siglo XVIII y con eso había vivido sin laburar el resto de su vida. Mi hermano cuestionó como era posible que un departamento tuviera sótano, pero nadie le dio bolilla. Todos mirábamos la firma, chiquita y borrosa, del tal Quirós en el extremo derecho del cuadro.
"A ver...delo vuelta, Nora. Si es un auténtico Quirós tiene que tener atrás el sello y número de serie."
Mamá lo descolgó y disimuló con rápidos movimientos las telas de araña que se desplegaron al sacarlo. La parte de atrás del cuadro era de un papel madera crujiente, con un alambre retorcido, anudado y vuelto a retorcer, se ve que acompañando los distintos sitios en los que se lo colgó, y, sí, podés creer, un sello redondo y violáceo al medio, justo donde el papel se rasgaba un poco, complicando aún más su lectura.
"Es auténtico. Nora, tiene usted un auténtico Quirós. Una joya y una pequeña fortuna."
El tipo dijo estas palabras con tanta seguridad, con tanta certeza, que nos quedamos con la boca abierta, yendo nuestras miradas del cuadro a mamá y de mamá al librero. ¿Sería que finalmente cambiaría nuestra suerte? ¿Estaríamos a punto de pegar el esquivo batacazo?
¿Podríamos, de una vez por todas, pasar al frente y espantar la miseria que nos venía garroneando los talones desde hacía años?
"¿A qué le dice usted una pequeña fortuna?", inquirió Norita poco amiga de las cifras ambiguas.
"Y, esto, calculelé, en una galería importante de Nueva York o Milán capaz le dan varios palos...no sé, hay que ver como está en esos días el Mercado del Arte, pero sí, un par de millones tranquilamente...", aseguraba el librero poniendo cara de experto mientras se anudaba una raída bufanda escocesa al cuello.
Comenzaba ahí, ni bien se cerraba la puerta y Norita se daba vuelta con los ojos llenos de ilusión, la vorágine en la que todos, inevitablemente, quedábamos inmersos, como girando en un centrifugado en el que había llamados a Zurbarán (una galería de arte de Buenos Aires de los más renombrada), consultas a parientes, búsquedas en libracos, hipótesis de negocios y compras con lo obtenido de la venta del cuadrito, que parecía mirar con miedo desde la pared.
"Sí, señorita, yo la llamé recién, desde Mar del Plata y se cortó. ¿Cada cuanto me decía usted que se hacen los remates?", "Traé, Enriqueta, el tomo de la Q...sí, el que dice O-P-Q...¡Acá está! Cesáreo....pintor argentino....blablabla, mirá dice que Lugones lo llamó El Pintor de la Patria...Miguel Ángel, mirá lo que heredé de mamá....¿ves?... vos que decís que siempre fuiste a pérdida conmigo?", decía Norita exultante. "¡¿Cuándo dije yo que iba a pérdida con vos?! Bueno, aunque ahora que me lo decís, la verdad...." sonreía papá mientras me guiñaba un ojo. Él ya estaba acostumbrado a los manijazos de Norita, a los que les adjudicaba razones hormonales y químicas, y trataba de mantenerse a salvo del huracán, pero esta vez no iba a poder.
Repitiendo las frases del chamuyero vendedor como si fueran de Alberdi, usándonos de testigos irrefutables, con la documentación de la Enciclopedia Salvat Ilustrada, el sello ilegible el el dorso del cuadro...."¿Qué más querés, Miguel Ángel? ¿Me tengo que ocupar de tasarlo y venderlo yo también? ¿No alcanza con que aporte a la familia una pequeña fortuna, además me tengo que ir YO, que trabajo todos los días, crío a cuatro chicos, a Buenos Aires a vender el cuadro?"
Y así nos encontró la madrugada subidos al Falcon, con un papel con las direcciones de tres galerías de arte en las que, sin duda, nos sacarían el cuadro de las manos, peleándose entre ellas para ver cuál nos hacía más millonarios.
Viajamos papá y yo en el asiento entero de adelante y, atrás, envuelto en muchas capas de papel de diario, el cuadro, que sin duda debería estar desconcertadísimo frente a los súbitos cuidados y miramientos.
Le sacamos a mamá bastante plata para el viaje, con la excusa de que íbamos a volver forrados en guita, y paramos seis o siete veces a comer algo antes de que abrieran las galerías. Mamá le recomendó a papá que me mantenga hidratada, era enero en Buenos Aires, y yo aproveché la sugerencia para clavarme cinco chocolatadas, que me dejaron la panza como piedra.
Hicimos todo el viaje riéndonos de como íbamos a actuar frente a los vecinos una vez ricos, planeando comilonas y compras. Lo pasamos buenísimo, fuera del ojo de Norita, cometiendo travesuras, fundamentalmente gastronómicas, tema en el que éramos mi viejo y yo dilectos socios.
Por supuesto que el cuadro no valía nada.
Claro que el sello era de la empresa de mudanzas La Argentina y el número era el de teléfono de esta empresa y no el de serie de la obra de arte catalogada.
Desde ya que el Quirós del cuadro era con Z, Quiróz; y el famoso era con S.
Obviamente que no tenía nada que ver con el Quirós al que hacía referencia Lugones, que pintaba gauchos y paisajes camperos, jamás una marina.
"Y buéh, dijo mi viejo mientras se servía más rabas en el Buffet Libre de la calle Lavalle, yo también...no aprendo más eh...le sigo el tren en cada plan japonés a tu vieja..."
Volvimos por la ruta 2, que aún no era autopista, justo en el recambio turístico: tardamos catorce horas y no nos sobró un peso.
No volvimos a colgar el cuadro arriba de la mesita del teléfono, para que no nos recordase lo bueno que hubiera sido que nuestras vidas cambiasen, así, a golpe de fortuna, de una vez por todas, solo por tener un cuadrito, un auténtico Quirós.

La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...