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martes, 7 de noviembre de 2017

Al gato no le importa de Claudia Piñeiro


La frase ¡Al diablo la Navidad! es ¿una blasfemia, un oxímoron, pecado, una irreverencia o un grito desesperado que no nos atrevemos a dejar salir? No lo sé. Vengo de una familia católica donde siempre se festejó la Navidad. Al principio, con mi familia paterna y materna juntas, en la casa de mi abuela, la madre de mi madre, que cocinaba para todos, servía la mesa para todos, y luego lavaba los platos de todos. Años después, a partir de una discusión en una Nochebuena, sólo nos reunimos con la familia materna. Los primeros años mi padre seguía viniendo; nos adelantábamos con mi mamá y mi hermano y él llegaba para la hora del brindis, el pan dulce y los regalos. Hasta que un día por fin dijo: “Coño, que yo no hago más la fantochada”, y no fue ni ese 24 ni ningún otro.
Más allá de la angustia que me provocaba la ausencia de mi padre en las Navidades, la anécdota me hizo estar preparada para decir “¡Al diablo la Navidad!” algún día. Antecedentes familiares me amparan. Genéticos, casi. En este caso, alguien dirá: “Loca como tu padre”, en vez del lugar común “Loca como tu madre”, lo que no deja de ser alentador desde el punto de vista de género.
Pero a pesar del permiso paterno, hasta el 2010 no me atreví a mandar la Navidad al diablo. Que la tradición familiar, que los niños y sus ilusiones, que alguien tiene que seguir la posta de la abuela que ya no está, que tampoco hace mal, que a vos nada te viene bien. Durante los años que estuve casada no sólo no me rebelé sino que además me ocupé religiosamente del árbol, el matambre, los tomates rellenos, los turrones, la sidra, las pasas de uva a las doce, el pan dulce, etc, etc, etcétera.
Sin embargo en el 2011, al fin, parece que la cosa puede cambiar. Por lo pronto mis hijos pasarán la Nochebuena con el padre y el Año Nuevo conmigo, lo que me deja absoluta libertad de elección acerca de cómo pasar el 24: si cometo una herejía no arrastraré a nadie conmigo. Pero enfrentarse a esa libertad implica elegir qué quiere uno, lo que tampoco es fácil. Hace semanas que vengo evaluando distintas opciones. Varios amigos, con las mejores y más amorosas intenciones, me invitaron a pasar la Nochebuena con ellos y sus familias. Pero eso sería algo así como comer los mismos tomates rellenos en la casa de otros y ni siquiera poder quejarse porque al relleno le pusieron demasiada mayonesa. La opción de quedarme sola en mi casa, ver una buena película, comer rico y emborracharme resultaría una gran alternativa si yo bebiera alcohol, cosa que no hago. Y sin alcohol, temo que a los primeros fuegos artificiales que estallen en el cielo cerca de mi ventana me ponga mal porque no estoy con mis hijos, me sienta sola, me pregunte quién me mandó cambiarle la fecha con quien mis hijos festejan cada evento al padre, llore, y a las doce en punto salga corriendo a buscar al gato para decirle “¡Feliz Navidad!”, el único ser vivo que me acompaña. También evalué viajar esa noche y que las doce campanadas me encuentren en vuelo y a los brindis y abrazos con el compañero de asiento que me haya tocado en suerte. Pero sería muy engorroso y un derroche de dinero extravagante, más teniendo en cuenta que el 25 al mediodía tengo que estar en mi casa para recibir a mis hijos.
Y entonces, cuando nada parecía cerrar, llegó la mejor alternativa: una amiga me invitó a una cena donde estaba juntando a todos los que no festejan la Navidad porque pertenecen a otra religión, porque no pertenecen a ninguna, o porque no y punto. La propuesta era: “Los invito a comer a mi casa mientras los demás festejan la Navidad”. Acepté. Sólo me falta saber si cuando den las doce alguno me hará la gracia de levantar la copa, total no le hace mal a nadie. Y si en cambio nadie lo hace, comprobaré si me resulta indiferente o si volveré corriendo a mi casa, con lágrimas en los ojos, a decirle “¡Feliz Navidad!” al gato.

martes, 10 de enero de 2017

Cuento de Navidad de Claudia Piñeiro


Una historia que transcurre un 8 de diciembre, cualquier 8 de diciembre; el día que según los usos y costumbres debe armarse el árbol navideño.
Mañana
Baja la caja del altillo. Espera que los chicos estén durmiendo para bajarla. ¿Te parece que es hora de ponerte a hacer eso?, le pregunta su marido. Ella no le contesta. Lleva la caja a la planta baja, al living, junto a la ventana que da al jardín. Al mismo lugar donde siempre, cada ocho de diciembre, ella arma el árbol. Los chicos más que ayudarla le hubieran complicado la tarea. El marido baja las escaleras y pasa hacia la cocina. Voy a tomar un poco de agua, dice. Ella saca primero la base, abre las cuatro patas, y la apoya en el piso. El metal raspa la madera del parquet. Luego se dedica a las ramas, envueltas en papel de diario. Las desenvuelve. Mañana se van a enojar, los chicos, se van a enojar. A sus hijos les gusta armar el árbol de Navidad, pero ella prefiere hacerlo sola. Por eso esperó a que se durmieran. No les dijo que hoy era el día. Cuando se despierten el árbol ya va a estar listo. Desde la cocina se escucha el sonido del agua que corre. Ahora ella engancha la primera fila de ramas en la base. Las abre. Trata de que queden derechas, parejas, equidistantes. Prefiere el enojo de sus hijos y no el propio. Lo maneja mejor; maneja mejor cualquier enojo que no sea el suyo. Coloca la segunda  serie de ramas. Las abre. Las acomoda. ¿Tenés para mucho?, pregunta su marido antes de subir al cuarto. Ella no contesta. Ni siquiera lo mira. Sabe que cuando su marido pregunta “tenés para mucho” es porque quiere sexo. Y ella no quiere. Por eso no contesta, se hace la que no lo escucha. Coloca la tercera fila de ramas. Algunas se desflecan y caen  restos de plástico verde sobre el piso de madera. El año que viene va a tener que comprar otro árbol. ¿Tenés para mucho?, vuelve a preguntar él. Ella esta vez lo mira, pero tampoco contesta. El año que viene,  va a comprar un árbol nuevo el año que viene. Este año ya es demasiado tarde, hay demasiada gente en los negocios comprando adornos navideños, y a ella no le gusta cuando hay mucha gente. El marido sube la escalera y desaparece. Arriba, una puerta se golpea con fuerza. Es él, ella sabe. Cuando algo se le atraganta, su marido golpea puertas. Ella sigue trabajando en silencio. Coloca la punta del pino; se le tuerce hacia la derecha. Hace años que se tuerce. Es más, el mismo diciembre en que  compraron el árbol ya la punta estuvo torcida. El año que viene va a comprar otro árbol. Este año es demasiado tarde. Y hay mucha gente. Un chico llora. Un hijo de ella llora. Se queda quieta, frente al pino todavía sin adornos. No quiere que el chico baje y la encuentre. Escucha los pasos de su marido, arriba, en el pasillo que va a los cuartos. Y voces. El chico se calma. Ella entonces vuelve a su tarea. Se aparta del pino, toma distancia para poder juzgar si todas las ramas están en su lugar. Alineadas, parejas. El marido ahora se asoma por la escalera, en calzoncillos. ¿No subís?, dice. Quiere sexo, ella lo sabe. No lo dice pero ella lo sabe. En un rato, contesta. El marido sabe que ella no va a subir; el marido sabe que cuando dice “en un rato”, ella no sube. Se va enojado, aunque está descalzo se sienten sus pasos pesados en la escalera. A ella no le importa. Espera otra vez el ruido de la puerta que se golpea. Pero esta vez ese ruido no llega. Tal vez por el chico, para que no llore. O para que no se despierte otro. No le importa. Sólo le importa que el tiempo que le lleve a ella terminar de armar el árbol sea suficiente como para que el sueño venza el deseo sexual de su marido. Abre la caja donde están las bolas coloradas, todas iguales. Las cuenta. Cuenta las ramas. Las bolas son casi la mitad de las ramas. Las coloca rama por medio. Una sí una no. Dos se juntan donde termina la ronda y eso le molesta. Quita una, pero entonces se juntan dos ramas desnudas. Gira el árbol para que esa falla quede contra la pared y no se vea. Cuando termine de adornar el árbol va a subir, entonces sí. Busca dentro de la caja la estrella que irá en la punta. Se sube a un banco. La pone en la punta. La estrella se tuerce, junto con la punta, hacia la derecha. Una estrella dorada. Una estrella que fue dorada. Dos de las cinco puntas están raídas y se ve el cartón gastado. El año que viene va a comprar otro árbol. Y adornos navideños. Y una estrella de mejor calidad. El año que viene. Cuando no haya tanta gente. Mañana va a hacer el amor con su marido. Tal vez. Va a dormir la siesta antes, así a la noche no está cansada. Y sin ganas. Va a dormir la siesta; sí, mañana. Y va a comprar un árbol, el próximo año. Los chicos se van a enojar cuando se despierten. Pero el árbol va a estar listo, y el enojo al rato se les va a pasar. Busca las luces. Las coloca abrazando el árbol, girando alrededor. Las enchufa. Las luces de colores se prenden y se apagan. Dentro de la caja sólo queda el pesebre. Una casa de madera. La Virgen, San José, una cabra y un burro. Y el niño Jesús en el moisés. Su suegra dice que el niño no se pone hasta la Noche Buena. Recién cuando dan las doce. Pero a ella no le importa. En su casa, en la que ella vivía con sus padres, el niño estuvo siempre en el pesebre, desde el mismo momento en que se armaba el árbol. Un árbol más pequeño, sin estrella en la punta. Mañana va a dormir la siesta. Pero ahora no va a subir. Todavía no. Se va a quedar junto al árbol, sentada, sin hacer nada, mirándolo mientras todos duermen.
Publicado en ZENDA

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Hijos en tránsito de Claudia Piñeiro



Bajás a la playa, como lo hacías veinte o treinta años atrás, liviana de equipaje: la toalla, un libro y el bronceador. Ahora sumás el teléfono y los anteojos. Buscás un lugar donde ubicarte, el que a vos te gusta. No tenés que elegir más en función a otros. Sonreís aliviada. Extendés la toalla. Mirás las sombrillas a tu alrededor y te alegrás de que, por fin, solo tengas que pensar en vos. Ya no más cargar baldecito, palita, barrenador, tejo, pelota, una toalla para cada chico, paletas, cartas, dados, heladera con gaseosas y sándwiches. Ahora sos vos y tu alma. Tal vez, vos, tu alma y tu pareja, pero él se cuida solo. Te instalás mirando el mar, abrís el libro dispuesta a pasar un momento relajado. Como en el reflejo condicionado de Pávlov, el llanto de un niño a tu izquierda te pone en alerta. Pero te concentrás en el aquí y ahora y te das cuenta de que no hay por qué preocuparse. Ese chico no es tuyo, ese llanto no es tuyo. Desactivás la alarma interna, no te tenés que ocupar vos. Tampoco del otro que unos minutos después pide a los gritos que alguien lo acompañe al mar. Ni de la niña que viene corriendo desde la orilla a quejarse con el padre porque su hermano le tiró arena en los ojos. Ni de la cara de pocos amigos del adolescente al que la madre no convence de que se saque la ropa y salga de abajo de la sombrilla.
Nada de eso es ya tu problema. Podés leer, caminar, mirar el mar, lo que te plazca. Otra vez intentás sumergirte en la lectura. Sin embargo, algo no te deja. Es que anoche, a las tres de la mañana, te despertó el mensaje de uno de tus hijos, el que se fue de vacaciones a Cuzco, para avisarte que des de baja su extensión de la tarjeta de crédito porque le robaron la billetera. “¿Estás bien? ¿Cómo fue”, le respondiste. Esperaste diez minutos en vela porque la respuesta no llegaba. Diste de baja la tarjeta. Al rato: “Pirañas, mamá, le robaron a varios en el mismo lugar”. Vos no entendiste, era tan tarde, tenías tanto sueño: “¿Pirañas?” Y él no respondió sino una hora después, cuando justo volvías a quedarte dormida. “Así llaman acá a esos robos”. Insististe: “¿Vos estás bien?”. Nada. Le avisaste que la denuncia estaba hecha y agregaste unas preguntas: qué más le robaron, si tenía documentos, si le alcanzaba la plata para continuar el viaje. Tu hijo seguía desconectado. “Ya es grande”, te repetiste en la noche de insomnio, “tiene que saber cómo manejar esto”. Pero a la mañana en la playa, por las dudas, antes de empezar a leer, rodeada de llantos y quejas ajenas, le sumás dos o tres mensajes más indicándole cómo manejarlo. De paso chequeás si tu otro hijo, el que fue a San Luis, está conectado, y verificás que la última vez que lo hizo fue hace tres días. Te decís que seguro no tiene señal o se quedó sin batería. Que ya lo va a hacer. Y antes de dejar el teléfono confirmás que tu hija, la más pequeña que se fue de mochilera a Los Siete Lagos con tres compañeras de la facultad, tampoco está en línea. Pero de ella no sabés cuánto hace que no se conecta porque le sacó al teléfono la función que indica si vio o no un mensaje. Respirás otra vez, mirás el mar, luego las sombrillas a tu alrededor y añorás aquella época en la que sólo se trataba de cargar el barrenador.
Cada etapa tiene sus encantos y sus vicisitudes. Y para algunas vicisitudes uno está menos preparado que para otras. Nadie te avisa, por ejemplo, lo difícil que será la etapa de “los hijos en tránsito”. Ese tiempo indeterminado que puede empezar en algún momento posterior a la finalización del colegio secundario y que se extiende hasta que ellos deciden que quieren ir a vivir solos y pueden hacerlo. Cuando empiezan a decirte “vieja” o “viejo”, aunque vos no te sientas que lo sos. Uno de mis hijos me tenía agendada en su teléfono como “Javie”. Pensé que era un error, que había mezclado mi número con el de algún Javier, hasta que entendí que Javie era vieja con las sílabas invertidas. Como cuando decíamos “el broli” por el libro, o “un langa” por un galán. Había empezado la etapa en que dejábamos de ser “ma” y “pa” , para ser Javie y Jovie. Pero no tuve consciencia en el momento porque todo lo demás, en apariencia, seguía igual.
Todo sigue igual. Viven en nuestra casa pero no conviven con nosotros, cohabitan. Están pero no están. Intentan hacer su vida sin que nos metamos en ella, y nosotros tratamos de controlarlos con la muletilla: “Mientras vivas en esta casa”. Francoise Dolto lo explica muy bien: “podemos satisfacer sus necesidades económicas pero no sus deseos.” Ni sus ilusiones, ni lo que esperan de su vida inminente. Y lo que verdaderamente nos inquieta, lo que nos perturba, es que, por fin, tenemos que asumir que se van a ir. Ya se están yendo. Apenas están en tránsito. El sentimiento es ambivalente, por momentos queremos que se vayan ya y por momentos no queremos que se vayan nunca. Lo interpretaron con gran veracidad Oscar Martínez y Cecilia Roth en aquella película del 2008 de Daniel Burman: "El nido vacío". El título refiere a la época posterior, aquella en que los hijos ya se fueron y la pareja queda sola. Pero en realidad el presente narrativo es el momento anterior a esa partida. Leonardo, un dramaturgo prestigioso, y Marta, una socióloga que no llegó a concluir sus estudios, vuelven de una cena a la casa donde aún conviven –o cohabitan- con sus hijos. Y la encuentran como la encontramos todos: zapatos tirados por el camino, la cocina revuelta, el living con restos de bebidas, papas fritas, cigarrillos y otros restos de la noche. Leonardo abre la puerta del dormitorio de la hija y comprueba que no está. Marta le dice que la chica había avisado que tal vez no venía a dormir. Pero a él no lo alivia el “había avisado que tal vez…” y decide pasar la noche en un sillón tratando de escribir una nueva obra. Y esperando a su hija. La etapa de los hijos en tránsito es básicamente eso: una espera insatisfecha. Y no esperás sólo que regresen por las noches: esperás un llamado, la confirmación de que cenan o no en casa, la respuesta a si pasarán el fin de año con uno o con sus amigos. Deseas que hagan un mínimo movimiento que te deje tranquila y ellos, como si quisieran educarte en la espera, no lo hacen.
En la época de las vacaciones es donde, si no lo captaste antes, se pone en brutal evidencia la situación de hijos en tránsito. Porque es el momento en el que pueden elegir no pasarla con uno. Pero como la decisión la toman a sus tiempos, durante el período anterior abrigás la esperanza de que a lo mejor alguno quiera ir con vos y por las dudas alquilás un departamento que excede las necesidades de tus vacaciones. “Si falta más de un mes para el verano, mamá”, te dicen sorprendidos por tu ansiedad. Simulás paciencia. Te entusiasmás con la idea de que vendrán a medida que pasan las semanas y no concretan otro plan. Pero no, unos días antes de partir se les arma su programa y vos te alegrás porque están contentos pero te maldecís porque otra vez esperaste en vano. Por fin frente al mar, con el murmullo de las olas mezclado con el llanto del chico que quiere ir al agua y nadie lo acompaña, te das cuenta de que estás pensando como tu madre, hablando como tu madre, quejándote como te molestaba que lo hiciera tu madre. Entonces abrís el libro dispuesta a no ser tu madre y que ellos no acaparen tu atención aún en ausencia, mientras te preguntás: “¿Hasta cuándo?”. Respirás, chequeás una vez más el teléfono, le acercás la pelota que rodó hasta tu toalla al niño que juega a tu lado. Le sonreís a la madre que tiene cara de que no da más. Dejás la vista justo en el lugar donde rompe la ola. Y seguís esperando.

Publicado en Diario Clarín


La jaula de Javier Villafañe

CUENTO: "LA JAULA" DE JAVIER VILLAFAÑE La jaula Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, c...